Cap. 4

4. El Elemento Progresivo

James Potter se sentó en su cama, ahogando un grito. Escuchó muy atentamente, espiando a través de la oscuridad del dormitorio. A su alrededor todo lo que oía eran los pequeños sonidos de los Gryffindors dormidos. Ted se dio la vuelta y roncó, mascullando en su sueño. James contuvo el aliento. Se había despertado unos minutos antes con el sonido de su propio nombre en los oídos. Había sido como una voz en un sueño; distante y susurrante, como soplada sobre el humo de un largo túnel oscuro. Justo acababa de convencerse a sí mismo de que había, de hecho, sido la coletilla de un sueño y había vuelto a intentar dormirse cuando lo oyó de nuevo. Parecía provenir de las propias paredes, un sonido lejano, aunque de algún modo cerca de él, como un coro de susurros pronunciando su nombre.
Muy calladamente, James salió a hurtadillas de su cama y se puso su bata. El suelo de piedra estaba frío bajo sus pies cuando se levantó y escuchó, inclinando la cabeza. Se giró lentamente, y cuando miraba hacia la puerta, la figura que allí había se movió. No le había visto aparecer, simplemente estaba allí, flotando, donde un momento antes había habido oscuridad. James se sobresaltó y retrocedió hasta su cama, casi cayendo de espaldas sobre ella. Entonces reconoció la figura fantasmal. Era la misma figura blanca etérea que había visto perseguir al intruso en los terrenos de la escuela, la forma fantasmal que había parecido un joven cuando volvía hacia el castillo. En la oscuridad del umbral, la figura parecía mucho más brillante de lo que había parecido por la mañana a la luz del sol. Era etérea y cambiante, con solo una mera sugerencia de forma humana. Habló de nuevo sin moverse.
James Potter.
Después se giró y bajó rápidamente las escaleras.
James dudó solo un segundo, después se envolvió más firmemente en su bata y siguió a la figura, con los pies descalzos golpeando ligeramente los escalones de piedra.
Alcanzó la desierta sala común justo a tiempo de ver la forma fantasmal deslizarse a través del agujero del retrato, pasando a través de la parte de atrás del retrato de la Dama Gorda. James se apresuró a seguirla. Esperaba que la Dama Gorda le regañara por despertarla para pasar, pero estaba profundamente dormida en su marco cuando lo cerró gentilmente. Estaba roncando con un resoplido diminuto y afeminado, y James se preguntó si la figura fantasmal le habría lanzado un encantamiento de sueño.
Los pasillos estaban silenciosos y oscuros, siendo bien entrada la noche. La plateada luz de la luna se filtraba a través de unas pocas ventanas. A James se le ocurrió que debería haber traído su varita, aunque no podía hacer mucho con ella, ya que solo conocía el hechizo básico de iluminación. Recorrió con la mirada el patrón de luz de luna y sombras que era el pasillo, buscando a la figura fantasmal. No estaba a la vista. Escogió una dirección al azar y trotó hacia ella.
Varias vueltas después, James estaba a punto de rendirse. Ni siquiera estaba seguro de saber el camino de vuelta a la sala común de Gryffindor. El pasillo en el que estaba era alto y estrecho, sin ventanas y con una única antorcha inconstante cerca del arco por el que había entrado. Puertas cerradas revestían el pasillo a ambos lados, cada una hecha de madera y reforzada con barras de hierro. Tras una de ellas, una bocanada de viento nocturno hizo que algo rechinara, bajo y largo, como el gemido de un gigante dormido. Pasó lentamente por el pasillo, la antorcha haciendo que su sombra se extendiera tras él, parpadeando trémulamente en la negrura.
-¿Hola? -dijo calladamente, su voz ronca, sólo poco más que un susurro-. ¿Todavía estás ahí? No puedo verte.
No hubo respuesta. El pasillo estaba cada vez más frío. James se detuvo, escudriñando desesperadamente entre las sombras, y se dio la vuelta. Algo titiló por el corredor a centímetros de su cara y saltó. La forma blanca fluyó a través de una de las puertas, y James vio que esa puerta no estaba del todo cerrada. La luz de la luna se filtraba en el espacio que podía ver a través de la grieta. Temblando, James empujó la puerta y esta se abrió con un chirrido. Casi inmediatamente, la puerta se atascó con algo, produciendo un ruido de raspado. Había trozos de cristal roto en el suelo, cerca de algo largo y negro con un gancho al final. Era una palanca. James la empujó a un lado con la pierna y empujó la puerta para abrirla más, entrando.
La habitación era grande y polvorienta, con escritorios y sillas rotas esparcidas desordenadamente, aparentemente habían sido enviados aquí para reparar una vez pero hacía mucho que se las había olvidado. El techo se inclinaba hacia abajo en la pared de atrás, donde cuatro ventanas brillaban a la luz de la luna. La ventana más alejada de la derecha estaba rota. El cristal relucía en el suelo y uno de los batientes colgaba torcido como el ala rota de un murciélago. La figura fantasmal estaba de pie allí, mirando el cristal roto, y entonces se giró para mirar a James sobre el hombro. Había vuelvo a asumir su forma humana, y James jadeó cuando vio la cara del joven. Entonces, dos cosas ocurrieron simultáneamente. La figura fantasmal se evaporó en un látigo de humo plateado, y hubo un golpe y un crujido en el pasillo de afuera.
James saltó y se dio la vuelta en el punto, espiando por la puerta. No veía nada, pero todavía se podía oír un crujido resonante en la oscuridad. James se apoyó contra el interior de la puerta, con el corazón palpitando tan fuerte que podía ver embotados destellos verdes en su visión periférica. Recorrió la habitación con la mirada pero estaba completamente oscura y vacía excepto por el mobiliario desordenado y la ventana rota. El hombre fantasmal se había ido. James tomó otro profundo aliento, después se dio la vuelta y volvió a salir furtivamente al pasillo.
Se oyó otro pequeño crujido. James podía decir que el sonido había sido más abajo en el pasillo, en la oscuridad. Resonaba como si llegara de otra habitación. De nuevo, James se recriminó a sí mismo haber olvidado su varita. Caminó de puntillas en la oscuridad. Después de lo que pareció un año, encontró otra puerta abierta. Aferró el marco de la puerta y se asomó dentro.
Reconoció vagamente el almacén de Pociones. Había un hombre dentro. Iba vestido con vaqueros negros y camisa negra. James le reconoció como el mismo hombre al que había visto la mañana antes en el límite del Bosque Prohibido, sacando fotografías. Estaba de pie sobre un taburete, examinando los estantes con una pequeña linterna de bolsillo. En el suelo junto al taburete yacían los restos de un par de pequeños viales. Mientras James observaba, el hombre se metió la linternita entre los dientes y buscó a tientas otra jarra en el estante de arriba, buscando un apoyo precario en el estante opuesto con la mano libre.
-Heritah Herung -leyó para sí mismo alrededor de la linterna, irguiendo el cuello para dirigir la luz sobre la jarra-. ¿Que diablos jerá egto? -Su voz era baja, un susurro impresionado.
De repente el hombre miró hacia la puerta. Sus ojos se encontraron con los de James, y durante un largo momento, ninguno de los dos se movió. James estaba seguro de que el hombre le atacaría. Obviamente era un intruso, y James le había visto. Intentó hacer que sus pies giraran y corrieran, pero parecía haber algún tipo de desconexión entre su cerebro y sus extremidades inferiores. Se quedó allí de pie mirando, aferrando el artesonado del umbral como si pretendiera escalarlo. Entonces el hombre hizo lo último que James esperaba. Se giró y huyó.
Casi se había ido antes de que James lo comprendiera. La cortina de la parte de atrás del almacén todavía se balanceaba por donde el hombre la había atravesado. Para gran sorpresa de James, se lanzó a perseguir al hombre. El almacén de Pociones conducía a la propia clase de Pociones. Largas y altas mesas en medio de la oscuridad, sus taburetes recogidos pulcramente bajo ellas. James se detuvo e inclinó el cuello. Resonaban pasos en el corredor de más allá. Sus propios pies chasquearon sobre el suelo de piedra cuando James esquivó las mesas y salió al pasillo, siguiendo al hombre.
El hombre estaba dudando en un punto donde dos pasillos se cruzaban. Miró desesperadamente hacia atrás y adelante, entonces levantó la mirada y vio llegar a James. El hombre dejó escapar el mismo chillido agudo que James le había oído cuando había sido perseguido por el fantasma. Resbaló sobre las piedras, sus pies parecían correr en tres direcciones a la vez, entonces los controló y corrió torpemente por el pasillo más ancho. James sabía ahora donde estaba. El hombre saldría al vestíbulo de las escaleras móviles. Incluso mientras James lo pensaba, oyó otro pequeño chillido de sorpresa resonando hasta él. Sonrió mientras corría.
James hizo un alto en el pasamano y se inclinó sobre él, espiando intensamente en la oscuridad de los pisos de abajo. Al principio, el sutil rechinar de las escaleras era el único sonido, y entonces oyó el crujido de los zapatos del hombre. Allí estaba, sujetándose al pasamano como si en ello le fuera la vida y bajando tambaleante las escaleras mientras esta rotaban laboriosamente. James dudó un momento, después hizo algo que siempre había querido hacer pero nunca había tenido la temeridad de intentar: se subió al pasamano de la escalera más cercana, lo montó a horcajadas, y se soltó.
Los gruesos pasamanos de madera, pulidos por generaciones de elfos domésticos, brillantemente vidriosos, eran como columnas de hielo bajo James. Salió disparado pasamanos abajo, irguiendo la cabeza sobre el hombro para ver a donde iba. Su pelo, que había estado lacio por el sudor minutos antes, se sacudía sobre su cabeza mientras el aire lo azotaba al pasar. Cuando se acercaba al fondo, se aferró de nuevo al pasamanos con ambas manos y pies, disminuyendo la velocidad, y después brincó alto en el fondo. Miró alrededor, buscando al hombre, y le encontró, trepando a otro rellano, un piso más abajo.
El padre de James le había hablado de las escaleras móviles, habiéndole explicado el secreto para navegar por ellas. James evaluó el laberinto móvil, y escogió otra escalera justo cuando esta empezaba a girar. Se lanzó sobre el pasamanos y se soltó, deslizándose por él como si estuviera engrasado. A un lado estaba el abismo cimbreante de escaleras giratorias. James apretó los dientes y se giró para mirar tras él de nuevo. El hombre estaba justo alcanzando el rellano de abajo. Se tambaleó, desorientado, mientras se alejaba de las escaleras, y entonces levantó la mirada justo cuando James se lanzaba sobre él.
Golpeó al hombre a toda velocidad, rebotando y cayendo despatarrado sobre las losas del rellano.
El hombre chilló por tercera vez, esta vez de frustración y sorpresa, cuando la fuerza de la colisión le derribó completamente. Se produjo un golpe penetrante, seguido de una lluvia de cristal tintineante. James rodó y se cubrió la cara instintivamente. Cuando el silencio descendió de nuevo, James espió a través de los dedos. Había una forma muy grande y robusta de hombre recortada en la ventana de cristal tintado que había a los pies del rellano. A través de ella, los negros dedos largos de los árboles se balanceaban con una brisa nocturna, raspando cordialmente hacia las estrellas esparcidas por el cielo.
-¿Qué está pasando ahí? -dijo de pronto una voz áspera, vibrando de rabia. James gateó hasta ponerse en pie, cuidando de no pisar ninguno de los cristales rotos con los pies descalzos. Cautelosamente, avanzó tan cerca como pudo del agujero y se asomó. Era difícil decir cómo de alta estaba la ventana. No había ningún ruido en la noche excepto el siseo del viento en las copas de los árboles.
La Señora Norris, el gato, apareció en una escalera cercana, sus ojos naranja atisbaban maliciosos mientras pasaba la mirada sobre la ventana, los cristales rotos, y después James. El Señor Filch la seguía, jadeando y maldiciendo mientras escalaba.
-Oh -dijo, su voz goteaba sarcasmo-. El chico Potter. ¿Por qué, oh, por qué no me sorprende?

 

Corrigiendo
-¿En qué estabas pensando, Potter, persiguiendo a un individuo sin identificar, a través del castillo, de noche, solo? -La Directora McGonagall estaba de pie detrás de su escritorio, apoyada en él con ambas manos, muy severa. Sus ojos se mostraban incrédulos, su cara ceñuda.
-Yo -empezó James, pero ella alzó una mano, deteniéndole.
-No respondas. No tengo paciencia para ello esta noche. -Suspiró y se enderezó, empujando hacia arriba sus gafas y pellizcándose el puente de la nariz-. Ya he oído suficientes explicaciones Potter a través de los años como para saberme la fórmula general, de todos modos.
Filch estaba de pie cerca, la postura de su barbilla y el brillo de sus ojos mostraban su placer por haber capturado al último Potter problemático tan rápidamente. La Señora Norris ronroneaba entre sus brazos como un pequeño y peludo motor. James arriesgó una mirada a la oficina de la directora. La habitación estaba todavía oscura con las tempranas sombras de la mañana. Los retratos de todos los directores anteriores dormitaban en sus marcos. James solo pudo ver el retrato del tocayo de su hermano, Albus Dumbledore. Dumbledore estaba sentado, con la barbilla sobre el pecho y el sombrero bajado sobre los hombros. Sus labios se movían mientras roncaba silenciosamente.
McGonagall bajó hasta su silla.
-Señor Potter, usted, entre todos, no puede decirme que no era consciente de que hay reglas contra el que los estudiantes vaguen por la escuela de noche.
-No -dijo James rápidamente-, er, si, conozco las reglas. Pero el fantasma...
McGonagall alzó la mano de nuevo.
-Si, el fantasma, lo sé. -Todo excepto sus palabras reales expresaban duda sobre esa parte de la historia-. Pero Señor Potter, entienda que incluso si aparece un fantasma en el dormitorio de un estudiante, eso no quiero decir que el estudiante tenga vía libre para romper cualquier regla que estime temporalmente inconveniente.
El Señor Filch se removió, pareciendo decidir que este era el momento para presionar con su punto de vista.
-Destruyó la ventana Heracles, Directora. Un trabajo principesco. No encontraremos un sustituto que la iguale, apostaría. -Se burló hacia James mientras finalizaba.
-Las ventanas son una cosa, Señor Filch -dijo McGonagall, sin mirarle-. Pero intrusos en los terrenos de la escuela son otra bien distinta. ¿Presumo que ya ha realizado una inspección de todo, empezando por la zona exterior de la ventana Heracles?
-Si, señora, y no encontramos nada. El Jardín de la Venus Rosa está inmediatamente debajo de esa ventana. Había un poco de lío, cristales rotos por todas partes, pero ninguna señal de un intruso. Solo tenemos la palabra de este chico de que hubo tal intruso, Directora.
-Si -replicó McGonagall-. Y desafortunadamente, en este caso, es una palabra en la que me siento inclinada a confiar. Obviamente alguien atravesó esa ventana, a menos que sugiera que el propio Señor Potter entró a través de ella.
Filch apretó los dientes y fulminó a James con la mirada como si deseara intensamente sugerir tal posibilidad.
-¡Pero estaba en el almacén de Pociones, Señora! -insistió James-. ¡Rompió algunos cristales! Deben seguir todavía allí. Y rompió una ventana para entrar no lejos de allí. Yo lo vi. El fantasma me condujo hasta ese lugar.
McGonagall estudió a James cuidadosamente.
-Señor Potter, creo que vio a alguien, pero las probabilidades de que esa persona realmente haya irrumpido en la escuela desde fuera son extremadamente pequeñas. ¿Es usted consciente de que Hogwarts está protegida por las mejores medidas de seguridad y hechizos antimagia disponibles? Ninguna bruja o mago, a pesar de sus habilidades, tiene posibilidad de traspasar estas paredes a menos que se suponga que deban estar aquí.
-Esa es la cuestión, señora -dijo James ansiosamente-. No creo que fuera un mago. ¡Creo que era un muggle!
Esperaba jadeos de sorpresa de la directora y Filch, pero no hubo ninguno. La directora simplemente le miró, con expresión invariable. Filch miraba de ella a James y vuelta, entonces dejó escapar el aliento en una risita asquerosa.
-Tiene que reconocerlo, Directora. Se vuelven un poco más creativos cada año.
-James -dijo McGonagall, con voz más suave-. La naturaleza de la escuela, al igual que los innumerables encantamientos desilusionadores que cubren los terrenos, hacen verdaderamente imposible para ningún muggle, por muy persistente que sea, encontrar siquiera el camino de entrada. Lo sabes, ¿verdad?
James suspiró e intentó no poner los ojos en blanco.
-Sí. Pero eso no cambia lo que vi. Era un muggle, señora. Utilizó una palanca. Y una linterna. No una varita.
McGonagall leyó su cara largo rato, y luego se puso seria.
-Bueno, Señor Potter, si tiene razón, entonces tenemos entre manos una situación que ciertamente es necesario remediar. Debe confiar en que nosotros nos ocuparemos de la cuestión. Sin embargo, entretanto, todavía está la cuestión del quebranto del toque de queda, al igual que la ventana dañada. Bajo las presentes circunstancias, no le culparé de lo último, pero todavía debe enfrentarse a las consecuencias de lo primero. Disfrutará de dos horas de castigo con el Señor Filch este sábado por la noche.
-Pero -empezó James, entonces la mano de Filch descansó pesadamente sobre su hombro.
-Me ocuparé del caballerete, Directora -gruñó-. No es demasiado tarde para salvarlos cuando los coges pronto. ¿No es así, jovencito?
-Potter -dijo McGonagall, aparentemente habiendo pasado a otras cuestiones-. Lleve al Señor Filch al armario de Pociones y a la otra ventana rota, ¿quiere? Intentemos limpiarlo todo antes de las clases si puede ser. Buenos días, caballeros.
James se quedó de pie miserablemente y Filch le guió hacia la puerta con la enorme y callosa mano sobre su hombro.
-Vamos, caballerete. Tenemos una travesura que rectificar, ¿verdad?
Mientras salía, James vio que uno de los retratos de los directores no estaba durmiendo. Los ojos de ese director eran negros, como el pelo lacio que le enmarcaba la cara blanca. Severus Snape estudiaba a James fríamente, solo sus ojos se movían siguiéndoles mientras Filch marchaba con él por la habitación.

 

Tina Curry, la Profesora de Estudios Muggles, conducía a la clase enérgicamente por el césped. El día que había empezado tan brillantemente era ahora gris y borrascoso. Rachas de viento surgían y agitaban los bordes de la capa de deporte de la Profesora Curry y las redes que Hagrid estaba intentando colgar sobre el marco de madera que justamente acababa de levantar.
-Magnífico trabajo, Hagrid -gritó Curry mientras se aproximaba, con la clase trotando para mantenerle el paso-. Tan robusto como un granero, diría yo.
Hagrid levantó la mirada, perdiendo su agarre sobre la red mientras lo así y manoteando para atraparla.
-Gracias, Señora Curry. No ha sido lo que podría llamar un desafío. Levantar esta parte por supuesto, es lo que podría ser peliagudo.
La construcción de Hagrid era un simple armazón de madera, apenas rectangular. Había otra a varias docenas de yardas de distancia, su red colgaba tensa y balanceándose con la brisa.
-Curry es nueva este año, por si no lo has adivinado -comentó Ted a James cuando se agruparon-. Tiene algunas ideas alocadas sobre como enseñar sobre los muggles. Hace que un tipo desee no haber decidido dar esta clase hasta su último año.
-Como si estos trajes no fuera suficientemente malos -dijo Damien agriamente, bajando la mirada a sus pantalones cortos y sus calcetines.
Cada jueves a la clase de Estudios Muggles se le pedía que vistiera pantalón corto, zapatos de deporte y un jersey de Hogwarts de cualquiera de los dos colores del colegio. La mitad de la clase los llevaba borgoña, la otra mitad dorados.
-No parecerías tan, er, interesante, Damien, si tuvieras calcetines blancos -dijo Sabrina tan diplomáticamente como podía.
Damien le lanzó su mirada de dime-algo-que-no-sepa.
-Gracias, querida. Se lo diré a mi madre la próxima vez que vaya de compras a Sears y Bloomyn Rey.
Zane no se molestó en corregir a Damien. Sonreía con una alegría más bien molesta, obviamente mucho más cómodo con la vestimenta que el resto.
-Tengo un buen presentimiento con respecto a esto. La brisa os aireará a algunos, vampiros. Ánimo.
Damien curvó un pulgar hacia Zane.
-¿Por qué está él en esta clase además?
-Tiene razón, Damien -dijo Ted de buen humor-. Sacudamos un poco las viejas alas de murciélago, ¿por qué no?
-Bien, clase -gritó Curry, dando palmas para llamar la atención-. Hagámoslo ordenadamente, ¿de acuerdo? Formad dos filas, por favor. Borgoña aquí, dorado allí. Eso es, muy bien.
Mientras las filas se formaban, la Profesora Curry materilizó una gran cesta debajo de su brazo. Se paseó hasta la cabeza de la fila borgoña.
-Varitas fuera -gritó. Cada estudiante sacó su varita y la sostuvo dispuesta, algunos de primer año miraron alrededor para ver si la sujetaban bien. James vio que Zane atisbaba a Ted, y después se pasaba la varita de la mano derecha a la izquierda.
-Excelente -dijo Curry, ofreciendo la cesta-. Adentro entonces, por favor. -Empezó a pasear a lo largo de la fila, observando como los estudiantes dejaban caer sus varias en la cesta a regañadientes. Hubo un gemido masivo entre los estudiantes reunidos-. Seguramente todos podrán distinguir su varita, espero. Vamos, vamos, si vamos a aprender algo sobre el mundo muggle, debemos saber como piensan los sin-magia. Eso significa, por supuesto, nada de varitas. Gracias, Señor Metzker. Señor Lupin. Señorita Hildegard. Y usted, Señor McMillan. Gracias. Ahora. ¿Ya está todo el mundo?
Un ruido no muy entusiasta de asentimiento llegó de los estudiantes.
-Hup, hup, estudiantes -pió Curry mientras dejaba la cesta de varitas cerca del armazón de Hagrid-. ¿Están ustedes insinuando que son tan dependientes de la magia que son incapaces de jugar a un simple, muy simple, juego? -Examinó a los estudiantes, su nariz afilada apuntando ligeramente hacia arriba-. Espero que no. Pero antes de empezar, tengamos un pequeño debate sobre por qué es importante para nosotros estudiar los modos y costumbres del mundo muggle. ¿Alguien?
James evitó los ojos de Curry mientras ella miraba de estudiante en estudiante. Había silencio excepto por el soplar del viento en los árboles cercanos y el ondear de las banderas sobre el castillo.
-Aprendemos sobre los muggles para no olvidar el hecho de que, a pesar de nuestras innumerables diferencias, todos somos humanos -dijo Curry sucinta y enfáticamente-. Cuando olvidamos nuestras similitudes esenciales, olvidamos como llevarnos bien, y eso no puede llevar sino a los prejuicios, la discriminación, y finalmente, al conflicto. -Permitió que el eco de sus palabras disminuyera, y después aclaró-. Por otro lado, la naturaleza no-magica de nuestros amigos muggles los ha forzado a ser inventivos en formas que el mundo mágico nunca ha logrado. El resultado, estudiantes, son juegos tan simples y elegantes que no requieren escobas, ni snitchs encantadas, ni bludgers voladoras. Lo único necesario son dos redes. -Señaló a las nuevas estructuras de Hagrid con una pasada del brazo izquierdo, mientras sujetaba algo con la derecha- y una simple pelota.
-Excelente -dijo Zane irónicamente, mirando a la pelota en la mano alzada de Curry-. Vengo a una escuela de magia a aprender a jugar al soccer.
-Por aquí lo llamamos fútbol -dijo Damien agriamente.
-Señora Curry -dijo una agradable voz femenina. James buscó al orador. Tabitha Corsica estaba de pie cerca del final de la fina contraria, toda sumisión en su jersey dorado. Llevaba una capa negra de deporte sobre él, atada pulcramente en su garganta. Un grupo de otros Slytherins estaba en fila junto a ella, el disgusto era claro en sus caras-. ¿Por qué es necesario, exactamente, que aprendamos a jugar a un, er, deporte muggle? ¿No sería suficiente leer sobre la historia muggle y su estilo de vida? Después de todo, incluso si lo desearan, a brujas y magos no se les permite competir en competiciones deportivas muggles, de acuerdo con la ley internacional mágica. ¿Estoy en lo cierto?
-Ciertamente, Señorita Corsica -respondió Curry rápidamente-. ¿Y no tiene idea de por qué será?
Tabitha alzó las cejas y sonrió cortesmente.
-Estoy segura de que no, señora.
-La respuesta a su pregunta reside en ella misma, Señorita Corsica -dijo Curry alejándose de Tabitha-. ¿Alguien más?
Un chico al que James reconoció como un Hufflepuff de tercer año alzó la mano.
-¿Señora? Creo que es porque los magos acabarían con el equilibrio de la competición si utilizaran magia.
Curry le hizo señas para que lo elaborase.
-Siga, Señor Terrel.
-Bueno, mi madre trabaja para el Ministerio y dice que hay leyes internacionales para evitar que los magos utilicen magia para ganar eventos deportivos muggles o loterías o concursos y cosas así. Si los magos y brujas participan en un deporte muggle y utilizan cualquier magia, podrían correr en círculos alrededor de cualquier muggle, ¿verdad?
-Está hablando del Departamento Internacional para la Prevención de Ventaja Injusta, Señor Terrel, y está, más o menos, en lo cierto. -Curry dejó caer la pelota al suelo a sus pies y la pateó ligeramente. Rodó un par de yardas por la hierba-. Para ser honesta, no es exacto decir que a brujas y magos se les prohibe competir en deportes mágicos. Hay concesiones para personas de herencia mágica que deseen competir. Sin embargo, deben estar de acuerdo en someterse a ciertos hechizos que, ejecutados por ellos mismo con la ayuda de oficiales mágicos, temporalmente anulan sus abilidades mágicas. Si no fuera así -La Profesora Curry sacó su propia varita del bolsillo interno de su capa y apuntó con ella a la pelota-. Velocito Expendum -trinó. Se guardó la varita y se acercó a la pelota. La pateó de forma casual, con un ademán. La pelota virtualmente salió disparada de su pie. Atravesó velozmente la hierba y golpeó la meta con un sonoro golpe, acampanando la red hacia afuera como si la pelota hubiera sido disparada por un cañón.
-Bueno, ahí tenéis -dijo Curry, volviendo a girarse hacia la fila doble de estudiantes-. El Programa de Deportes Mago-Muggle es, como podréis imaginar, lo suficientemente desagradable para el gusto de cualquier mago o bruja como para participar en él. Eso no quiere decir, sin embargo, que muchas brujas y magos no intenten circunvalar las leyes cada año, revolviendo la justicia del mundo deportivo muggle.
-¿Señora Curry? -dijo Tabitha de nuevo, levantando la mano-. ¿Es cierto entonces que el Ministerio, y la cominudad internacional mágica, creen que los muggles son incapaces de competir con las habilidades del mundo mágico, y que brujas y magos deben ser entorpecidos para ser considerados en términos de igualdad?
Por primera vez, la Profesora Curry pareció bastante desconcertada.
-Señorita Corsina, esa dificilmente podría ser una discusión para esta clase. Si desea discutir las maquinaciones políticas del Ministerio...
-Lo siento, Señora Curry -dijo Tabitha, sonriendo apaciguadoramente-. Solo era curiosidad. Esta es una clase dedicada al estudio de los muggles, creí que podríamos plantearnos discutir la obvia falta de respeto que ha mostrado la comunidad mágica con el mundo muggle al asumir que son demasiado débiles para enfrentarse a nuestra existencia. Por favor perdone mi interrupción y continúe.
Curry miró a Tabitha, obviamente humeando, pero el daño ya estaba hecho. James oyó susurros por todas partes alrededor; vio las miradas de reojo y los asentimientos en acuerdo. Notó que los estudiantes de Slythering todavía llevaban sus insignias azules "Cuestiona a los Victoriosos", llevándolas prendidas a sus jerseys dorados.
-Si -dijo Curry cortante-. Bien entonces. ¿Empezamos?
Durante los siguientes cuarenta minutos, los condujo a través de regates y técnicas de manipulación de la pelota. James había sido poco entusiasta al principio, pero empezó a acoger con entusiasmo la naturaleza simplista del deporte. Además de prohibir las varitas, el fútbol aparentemente exigía que los jugadores no usaran siquiera las manos. La simple tontería de ello divirtió e intrigó a James. Pocos de los estudiantes era bueno en el deporte, lo que les permitía acometerlo sin temor a quedar mal. Zane, por supuesto, había jugado al fútbol antes, aunque reclamaba no ser muy hábil en ello. De seguro, James notó que Zane no parecía mucho mejor corriendo por el campo con la pelota que cualquier otro. Mientras James observaba, Zane se enredó los pies alrededor de la pelota y cayó sobre ella. La pelota salió disparada de debajo de él y Zane simplemente se quedó tendido, mirando hacia arriba hacia las nuves que pasaban con una mirada siniestra en la cara.
Tabitha Corsica y sus Slytherin estaba de pie en un montón desdeñoso en una esquina del campo improvisado, uno de los balones de fútbol yacía desamparo en la hierba entre ellos. No hacían ningún intento de practicar regates, y Curry parecía haberse rendido con ellos, pasando el tiempo cerca de la meta, donde los estudiantes hacían turnos para disparar a la red.
James descubrió que se estaba divirtiendo. Clavó los talones en la hierba, atisbó la pelota que yacía veinte pies adelante, y cargó sobre ella. Cronometró sus pasos cuidadosamente, plantó el pie izquierdo cerca de la pelota y la pateó sólidamente con el derecho. El golpe que hizo al abandonar su pie fue sorprendentemente satisfactorio. La pelota navegó a través de un arco suave y atravesó los brazos de la Profesora Curry, que hacía de portero. Hubo un golpe y un latigazo cuando la pelota golpeó la red.
-Muy bien, Señor Potter -gritó Curry, respirando con dificultad. Su pelo se había rizado y le colgaba en rizos sueltos alrededor de la cara delgada. Se subió las mangas y se inclinó para recuperar la pelota-. Muy bien, de hecho.
James sonrió a pesar de sí mismo mientras trotaba hasta el final de la fila.
-El ojito derecho de la profesora -masculló Zane mientras James pasaba.
-Buen pie, Potter -dijo Ted cuando la clase finalmente se dirigía de vuelta al castillo-. Tenemos que trabajar para meter eso de algún modo en la rutina del Wocket. Sabrina, creo que algo podemos hacer con eso. Aliens que patean con fuerza del planeta Goleatron o algo, ¿Lo coges?
-Si, si -gritó Sabrina, saludando mientras entraba por la verja del castillo-. Por cierto, Capitán, tienes manchas de hierba en el trasero. Buen trabajo.
Después del almuerzo, James y Zane se unieron a Ralph en la biblioteca para un período de estudio. Mientras desempaquetaban sus libros y los extendía sobre una mesa esquinada, Ralph parecía incluso más melancólico de lo habitual.
-¿Qué pasa, Ralph? -dijo Zane, intentando mantener la voz baja para no atraer la atención de el Profesor Slughorn, que estaba monitoreando la biblioteca en ese período-. ¿Tus colegas Slytherin te han dicho que no llevas ropa interior lo suficientemente mágica o algo?
Ralph miró alrededor cautelosamente.
-Me metí en problemas esta mañana con el Profesor Slughorn.
-Parece contagioso -dijo James-. Yo pasé la mañana en la oficina de McGonagall haciéndome con un castigo.
-¿McGonagall? -exclamaron Ralph y Zane a la vez-. Tú primero entonces, James. McGonagall supera a Slughorn -dijo Ralph.
James les habló del fantasma de la noche anterior, y de ser conducido hasta el intruso muggle y la persecusión que siguió.
-¿Fuiste tú? -preguntó Ralph incrédulamente-. Todos vimos la ventana rota al baja a desayunar. Filch la estaba cubriendo con lonas y murmurando por lo bajo. Parecía querer que le preguntáramos al respecto para así poder vociferar y delirar un poco.
-¿Quién crees que era? -aguijoneó Zane a James.
-No sé. Todo lo que sé es que era el mismo tipo al que vi esconderse por el bosque la otra mañana. Y creo que es un muggle.
-¿Y? -dijo Zane, encogiéndose de hombros-. Yo soy un muggle. Ralph es un muggle.
-No lo ois. Sois nacidos muggle, pero ambos sois magos. Este tipo es solo un viejo muggle. Aunque, según McGonagall, eso es imposible. Ningún muggle puede traspasar los encantamientos desilusionadores de la escuela.
-¿Por qué no? ¿Qué ocurre? -preguntó Ralph.
-Bueno, por una cosa, como dije en el tren, Hogwarts es invisible para ellos. No está en ningún mapa. Además, ningún muggle ha oído hablar de ella. E incluso si a algún muggle simplemente se le ocurriera vagar por los terrenos, los encantamientos desilusionadores los guiarían alrededor, de forma que ni siquiera sabrían que han pasado junto a nosotros. Si intentaran atravesar los encantamientos desilusionadores, simplemente se desorientarían y dudarían de sí mismos. Sus brújulas enloquecerían y terminarían dando la vuelta sin saberlo. Simplemente no puedes abrirte paso a través de este tipo de encantamientos desilusionadores. Todo consiste en desviar a cualquiera que no se suponga que deba entrar, y hacerlos creer que el desvío fue idea suya.
Zane frunció el ceño.
-¿Entonces ninguno de nosotros puede entrar?
-Bueno, básicamente todos somos Guardianes Secretos, ¿no? -dijo James, que entonces tuvo que explicar la idea de ser un Guardian Secreto, como solo un Guardian Secreto podía encontra el lugar secreto o conducir a otros hasta él-. Por supuesto, todo es bastante menos seguro con tantos de nosotros. Por eso hay leyes contra el que ni siquiera los padres muggles de estudiantes lo cuenten a nadie.
-Si, mis padres tuvieron que firmar una especie de acuerdo de confidencialidad antes de que viniera -dijo Zane, como si la misma idea fuera lo máximo que había oído nunca-. Decía que a ningún "muggle privilegiado" como mis padres les estaba permitido hablar con ningún otro muggle de Hogwarts o de la comunidad mágica. Si lo hacían, el contrato se revertiría y sus lenguas se enrrollarían hasta que alguien del Ministerio fuera a levantar el hechizo. Excelente.
-Si -dijo James-. Ted me habló de una chica nacida muggle que salió con él en tercero. Sus padres mencionaron accidentalmente Hogwarts en una cena y sus anfitriones llamaron a los Sanadores muggles porque los dos sufrieron algún tipo de extraño ataque exactamente al mismo tiempo. El Ministerio tuvo que modificar la memoria a todo el mundo. Fue un lío, pero bastante divertido.
-Genial -dijo Ralph muy en serio-. Ey, debería haber utilizado uno de esos encantamientos desilusionadores con mi bolsa. Me habría ahorrado algunos problemas.
Zane se giró hacia él.
-¿Entonces que pasa, Ralphie? ¿En qué clase de lío te has metido ahora?
-¡No fui yo! -protestó Ralph, y después bajó la vez, mirando hacia el escritorio principal. Slughorn estaba reclinado tras él, examinando a un libro gigante a través de un par de diminutos espáculos y bebiendo algo humeante de una taza de aspecto arenisco. Ralph hizo una mueca y suspiró-. Slughorn encontró mi Game Deck esta mañana. Dijo que me lo había dejado en la sala común. Fue muy diplomático al respecto, pero me dijo que debía ser muy cuidadoso con cosas como esas. Dijo que probablemente lo mejor fuera que dejara mis "juguetes muggles" en casa.
James frunció la frente.
-¿Creía que habías dicho que había desaparecido hacía unos días?
Ralph empezó a animarse.
-¡Lo hizo!¡Eso es lo que quería decir! ¡Yo no lo dejé en la sala común!¡Estoy a punto de tirar esa estúpida cosa por el water! Alguien lo cogió de mi bolsa y lo dejó allí para que Slughorn lo encontrara. ¡Odios a esos tíos! -La voz de Ralph había descendido a un áspero susurro. Miró alrededor rápidamente, como si esperara que sus compañeros de Casa aparecieran de pronto detrás de la estantería de libros más cercana.
Zane parecía pensativo.
-¿No sabes quien lo cogió?
-No -dijo Ralph con sarcasmo-. Estoy bastante seguro de ese punto.
-¿Lo tienes ahí?
-Si -dijo Ralph, un poco desinflado-. No voy a perderlo de vista hasta que pueda librarme de él. No funciona muy bien por aquí de todos modos. Demasiada magia en el aire o algo. -Sacó la consola de videojuegos de su mochila y se la pasó a Zane por debajo de la mesa.
James observó como Zane accionaba los botones velozmente y la pantalla volvía a la vida.
-Si alguien te ve con esa cosa -murmuró Ralph-, es tuya. Feliz Navidad.
Zane presionaba los botones con fluidez, haciendo que la pantalla centelleara y rodara.
-Solo estoy comprobando si la última persona que jugó hizo un perfil.
-¿Qué es un perfil? -preguntó James, inclinándose para ver la pantalla.
Zane ondeó la mano sin levantar la mirada.
-No mires. Slughorn lo notará. Ralph, cuéntale al Señor Mago aquí presente qué es un “perfil”.
-Es solo una forma de guardar un rastro de tu juego -susurró Ralph-. Antes de jugar, creas un perfil, con un nombre y cosas, normalmente algo inventado. Entonces, todo lo que haces en el juego queda grabado en ese perfil. Cuando vuelves luego y cargas el perfil, puedes seguir donde lo dejaste.
-¿Tú eres "el Ralphinator"? -preguntó Zane, todavía trabajando con el Game Deck.
-Ni siquiera voy a responder a eso -dijo Ralph rotundamente.
-Aquí tenemos entonces -dijo Zane, pasando un dedo por la pantala-. ¿El nombre "Austramaddux" significa algo para ti?
-No -dijo Ralph, alzando las cejas-. ¿Hay un perfil con ese nombre?
-Aquí mismo. Creado alrededor de la medianoche de antes de ayer. Ninguna información y ningún juego en proceso.
James parpadeó.
-¿Ningún juego en proceso?
-Ni uno -dijo Zane, apagando el aparato y volviéndoselo a pasar a Ralph bajo la mesa-. Bastante tiempo encendido, pero en realidad no jugó. Probablemente no pudo averiguar que el botón D arriba y el izquierdo eran para superatáque. Novatos.
James puso los ojos en blanco.
-¿Eso qué quiere decir? ¿Quién es Austra-comosellame?
-Es solo un nombre inventado, como ya dije -dijo Ralph, metiendo el Game Deck en el fondo de su mochila-. No significa nada. ¿Vale?
Ralph dijo esto último a Zane, que estaba sentado al otro lado de la mesa con aspecto casi cómicamente pensativo. Tenía la cabeza inclinada, la frente fruncida, y una de las comisuras de su boca alzada, mordisqueándose la mejilla. Después de un momento sacudió la cabeza.
-No sé. Me resulta familiar. Me parece que alguien mencionó el nombre, pero no puedo ubicarlo.
-Bueno, todo lo que sé -dijo Ralph, apoyando la barbilla en las manos-, es que voy a soltarle esta cosa a mi padre en las próximas vacaciones. Lamento haberla visto alguna vez.
-Señor Potter. -Una voz resonó repentinamente cerca. Los tres saltaron. Era el Profesor Slughorn. Se había aproximado a la mesa y de repente estaba de pie detrás de la silla de James-. Esperaba encontrarme con usted. Me alegro mucho de verte, muchacho. Mucho, francamente.
James forzó una sonrisa cuando Slughorn le palmeó la espalda.
-Gracias, señor.
-Sabe que conozco a su padre. Le conocí cuando era estudiante aquí y aún no el famoso auror que es ahora, por supuesto. -Slughorn asintió sabedoramente, haciendo un guiño, como si Harry Potter no hubiera sido, de hecho, enormemente famoso incluso antes de ser jefe de aurores-. Me habrá mencionado, sin duda. Estabamos muy unidos por aquel entonces. Por supuesto, le perdí la pista en los años siguientes, yo enseñando, remoloneando por ahí, convirtiéndome en un viejo, y él casándose, desarrollando su ilustre carrera, y haciendo buenos jovencitos como usted mismo. -Slughorn dio un puñetazo juguetón en el hombro de James-. Ansío encontrarme con él durante su visita la próxima semana. Le dirá que me busque, ¿verdad?
-Si, señor -dijo James, frotándose el hombro.
-Bien, bien. Bueno, les dejo para que estudien, jovencitos. Adelante, er, muchachos -dijo Slyghorn, mirando a Ralph y Zane aparentemente sin reconocerlos, a pesar del hecho de que Ralph había hablado con él esa misma mañana.
-Oh, Uh, ¿Profesor Slughorn? ¿Podría hacerle una pregutna? -Fue Zane.
Slughorn miró atrás, con las cejas alzadas.
-¿Sobre qué, er. Señor...?
-Walker, señor. Estoy en su Clase Uno de Pociones, creo. ¿Mencionó en ella a alguien llamado Austramaddux?
-Ah, si, Señor Walker. Miércoles por la tarde, ¿verdad? Ahora recuerdo -Slughorn miró distraídamente hacia el escritorio principal-. Si, no realmente relacionado con pociones, pero su nombre surgió. Austramaddux era un historiador y vaticinador del pasado distante. Sus escritos están considerados, bueno, apócrifas en el mejor de los casos. Creo que estaba haciendo una broma, Señor Walker.
-Oh. Bien, gracias, señor -exclamó Zane.
-No hay problema, muchacho -le reconfortó Slughorn, recorriendo la biblioteca con la mirada-. Y ahora debo volver a mis obligaciones. No os distraeré más.
-Es toda una coincidencia -susurró Ralph, apoyándose sobre el escritorio mientras Slughorn se alejaba.
-En realidad no -razonó Zane-. Mencionó a Austramaddux en clase como una broma. Ahora lo recuerdo. Parecía una referencia a una fuente que no es del todo de confianza, o es un poco chiflado. Como nos referiríamos a un tabloide o a la teoría de una conspiración o algo así. Slughorn es el jefe de la Casa Slytherin, así que probablemente es común utilizar esa misma referencia entre vosotros. Ellos lo sabrían. Por eso el que cogió tu Game Deck conocía el nombre.
-Supongo -dijo Ralph dudosamente.
-¿Pero por qué? -preguntó James-. ¿Por qué utilizar un nombre que significa "no confíes en mí, soy un chiflado"?
-¿Quién sabe que tonterías acechan en los corazones de los Slytherins? -dijo Zane despectivamente.
-Simplemente no tiene sentido -insistió James-. Los Slytherin normalmente dan mucha importancia a la imagen. Les encantan esas capas y dagas, las cabezas de dragón y las contraseñas secretas. Simplemente no se me ocurre por qué uno de ellos utilizaría un nombre que su propio Jefe de Casa considera una broma.
-Sea como sea -dijo Ralph-. Tengo deberes que hacer, así que si no os importa...
Pasaron la siguiente media hora trabajando en sus deberes. Cuando llegó el momento de recoger, Zane se giró hacia James.
-¿Las pruebas de Quidditch son esta tarde, verdad?
-La mía sí. ¿La tuya también?
Zane asintió.
-Parece ser que compartiremos campo. Buena suerte, colega -Zane estrechó la mano de James.
James se sintió sorprendentemente conmovido.
-¡Gracias! Tú también.
-Por supuesto, tú te lucirás. -pronunció Zane frívolamente-. Yo tendré suerte si me mantengo sobre la escoba. ¿Desde cuando vueltas, por cierto?
-Solo volé una vez en una escoba de juguete cuando era pequeño -dijo James-. Las leyes solían ser bastante imprecisas sobre las escobas. Había restricciones de altura y distancia, pero cualquiera de cualquier edad podía coger una mientras tuviera cuidado de no dejarse ver por ningún muggle. Entonces, más o menos para cuando mi padre consiguió su diploma honorario de Hogwarts, algunos adolescentes se emborracharon con whisky de fuego e intentaron jugar al Quidditch en Trafalgar Square. Desde entonces, las leyes se han endurecido. Ahora, es casi como conseguir un permiso de conducir muggle. Tenemos que tomar lecciones de vuelo y conseguir un certificado antes de poder volar legalmente. Algunas familias mágicas todavía dejan a sus hijos subirse a una escoba en el patio y esas cosas, un poco de práctica. Pero siendo mi padre auror...
-¿Tú padre y tu madre eran los dos grandes jugadores de Quidditch, verdad? -preguntó Zane, codeando a James y sonriendo-. Incluso si no distingues un extremo del otro de una escoba, serás un peligro con una cuando estés en el campo. Metafóricamente hablando, por supuesto.
James sonrió incómodamente.
Se dirigieron a sus clases. James no podía evitar el nerviosismo. Casi había olvidado las pruebas de Quidditch. El conocimiento de que estaría allí afuera en unas horas, con una de las escobas del equipo por primera vez e intentando ser uno de los pocos de primero que entraban en el equipo Gryffindor le hacía sentir vagamente enfermo. Pensó en la snitch con la que había crecido jugando, la famosa primera snitch de su famoso padre. Por aquel entonces, nunca había dudado de su futuro. Por como hablaba el Tío Ron, era casi derecho de nacimiento de James estar en el Equipo de Quidditch de Gryffindor en su primer año, y James nunca lo había cuestionado. Pero ahora que era inminente, tenía miedo. Los miedos que había sentido durante la ceremonia de Selección volvieron de nuevo todos. Pero eso había acabado resultando bien, se recordó a sí mismo. Había estado tan preocupado por ello, que casi había conseguido que el Sombrero Seleccionador le pusiera en la Casa Slytherin con Ralph, y ahora sabía el gran error que eso habría sido. La clave era relajarse. El Quidditch, como ser un Gryffindor, estaba en su sangre. Solo tenía que dejar que ocurriera y no preocuparse.
Para la cena, tuvo que admitir que su plan no estaba funcionando. A penas pudo comer.
-Eso está bien, Potter -asintió Noah, viendo el plato sin tocar de James-. Cuanto menos comas, menos tendrás para vomitar cuando estés en el aire. Por supuesto, algunos vemos una pequeña vomitona como una estupenda técnica defensiva. Has tenido la primera lección de escoba con el Profesor Ridcully, ¿verdad?
James se encorvó y puso los ojos en blanco.
-No, aún no. La primera clase es el lunes.
Noah pareció serio un momento, y después se encogió de hombros.
-Eh, lo harás bien. Las escobas son fáciles. Inclinarse hacia adelante para avanzar, tirar hacia atrás para detenerse. Apoyarse y rodar en los giros. Pan comido.
-Si -estuvo de acuerdo Ted-. Y toda la lluvia y el viento de ahí afuera lo hacen más fácil. Probablemente no seas capaz siquiera de ver el suelo con la niebla. Más fácil que confiar en tus agallas.
-Siempre y cuando puedas mantenerlas dentro -gritó alguien más abajo en la mesa. Hubo un coro de risas. James agachó la cabeza sobre los brazos cruzados.

 

El campo de Quidditch estaba empapado y enlodado. La lluvia caía en grandes sábanas, golpeando el suelo y creando una densa niebla que empapó a James hasta la piel en el primer minuto. Justin Kennely, el Capitán de Gryffindor, conducía a su grupo hasta el campo, gritando algo sobre el firme rugido de la lluvia.
-En el Quidditch no cuenta la lluvia -bramó-. Algunos de los mejores partidos de Quidditch han tenido lugar con un tiempo como este, y mucho peor. La Copa de Quidditch del noventa y cuatro se celebró con un tifón en la costa de Japón, ya sabéis. Los buscadores de ambos equipos volaron más de sesenta millas persiguiendo a la snitch con vientos con fuerza de vendaval. Esto es poca cosa en comparación. El tiempo perfecto para las pruebas.
Kennely se detuvo y se giró en el centro del campo, la lluvia corría por la punta de su nariz y barbilla. Había un gran baúl de Quidditch a sus pies, al igual que una fila de escobas pulcramente tendidas sobre la hierba húmeda. James vio que la mayoría de las escobas eran Nimbus 2000; servibles, pero modelos bastante obsoletos. Fue un pequeño alivio. Si se le hubiera pedido volar en una Estela de Trueno nueva estaba seguro de que habría terminado a trescientas millas de distancia. En el lado opuesto del campo, James vio al equipo Ravenclaw reuniéndose. No pudo reconocer a ninguno entre la lluvia y la niebla.
-Buen entonces -gritó Kennely-. Los de primero, vosotros antes. Me han dicho que algunos de vosotros aún no habéis tenido vuestra primera clase de escoba, pero gracias a las nuevas normas y los descargos de responsabilidad que todos firmasteis antes de venir a la escuela, no hay razón para que no podáis subiros y probar. Veamos que podéis hacer antes de intentar nada con el resto del equipo. No os preocupéis por formaciones o hazañas, veamos si conseguís tomar aire y navegar por el campo sin tropezaron los unos con los otros.
James sintió su estómago caer en picado. Esperaba pasar algún tiempo observando a los mayores practicar. Ahora que estaba a punto de subir a su primera escoba, deseó haber prestado más atención a cómo las manejaban los jugadores en los partidos que había visto, en vez de centrarse en las hazañas espectaculares y los golpes de las bludger vagabundas. Los demás de primero se estaban ya adelantándose, escogiendo escoba y extendiendo la mano para convocarlas. James se obligó a unirse a ellos.
Se detuvo cerca de una escoba y la miró. Por primera vez, la cosa no pareció más que un trozo de madera con un cepillo al final en vez de un preciso aparato volador. La lluvia goteaba de las crines empepadas. James extendió la mano sobre ella.
-¡Arriba! -dijo. Su voz le pareció diminuta y tonta. No pasó nada. Tragó algo que parecía un trozo de mármol acerado en su garganta-. ¡Arriba! -gritó de nuevo. La escoba osciló, y después volvió a caer en la hierba con un golpe apagado. Echó un vistazo alrededor a los demás de primero. Ninguno parecía estar teniendo mucha suerte. Solo uno había conseguido levantar su escoba. Los mayores se reunían alrededor observándoles con diversión, codeándose unos a otros. Noah cruzó la mirada con James y alzó el pulgar en el aire, asintiendo alentadoramente.
-¡Arriba! -gritó James de nuevo, reuniendo tanta autoridad como podía. La escoba osciló hacia arriba de nuevo y James la cogió antes de que volviera a caer. Que cerca, pensó. Soltó un enorme suspiro, después pasó una pierna sobre la escoba. Esta flotaba inciertamente bajo él, apenas aguantando su propio peso.
Algo pasó a su lado.
-¡Vaya forma de salir! -gritó Ted sobre la lluvia cuando una chica de primero llamada Baptiste se lanzó hacia adelante, bamboleándose ligeramente. Dos más de primero dieron una patada. Uno de ellos se deslizó de lado y se meció, colgando del extremo de su escoba. Se quedó colgado un segundo o dos, después sus dedos resbalaron de la escoba húmeda y cayó al suelo. Hubo un rugido de risa amigable.
-¡Al menos despegaste, Klein! -gritó alguien.
James apretó los labios. Aferrando la escoba tan fuerte que sus nudillos se le quedaron blancos, pateó. La escoba osciló hacia arriba y James vio la hierba deslizarse bajo él, entonces empezó a descender de nuevo. Sus pies patinaron y se tambaleó, intentando subir de nuevo. La escoba se arqueó hacia arriba y ganó velocidad, pero James no parecía poder mantener la altura. Estaba rozando la hierba de nuevo, salpicando tallos y agua embarrada. Aullidos de ánimo estallaron tras él. Se concentró furiosamente, conteniendo el aliento y pateando mientras la escoba se dirigía hacia los Ravenclaw, que se volvieron a mirar. Arriba, pensó desesperadamente ¡arriba, arriba, arriba! Recordó el consejo de Noah en la cena: inclinarse hacia adelante para avanzar, tirar hacia atrás para parar. Comprendió que estaba tirando de la escoba, intentando que se alzara, pero no era así, ¿verdad? Tenía que inclinarse hacia adelante. Pero si se inclinaba hacia adelante, el sentido común le decía que simplemente se enterraría en el suelo. Los Ravenclaw empezaron a apartarse mientras se aproximaba, intentando salir de su camino. Todos estaban gritándole consejos y advertencias. Ninguno tenía sentido para James. Finalmente, desesperado, James abandonó su propia lógica, alzó los pies y se inclinó hacia adelante tanto como pudo.
La sensación de velocidad fue sorprendente cuando la escoba salió despedida. Niebla y lluvia golpearon la cara de James y la hierba bajo él se convirtió en un borrón verde. Pero no estaba subiendo, simplemente estaba volando a ras de suelo. Oyó gritos y exclamaciones cuando pasó entre los Ravenclaw. Se apartaron y saltaron fuera de su camino. Todavía estaba ganando velocidad cuando se inclinó hacia adelante. Ante él, los pilares de la tribuna llenaron su visión, alarmantemente cerca. James intentó inclinarse, virar a un lado. Se sintió girar, pero no lo suficiente. Arriba, pensó furiosamente, ¡necesitaba subir! Finalmente, a falta de una idea mejor, se inclinó hacia atrás, tirando de la escoba tan fuerte como pudo. La escoba respondió instantáneamente y con una fuerza enfermiza, se inclinó en un ángulo vertical pronunciado. Las gradas pasaron volando. Filas de asientos y estandartes flameando al pasar dieron paso después a un cielo enorme y gris.
El movimiento pareció detenerse, a pesar del aire y la lluvia que pasaban zumbando a su lado. James se arriesgó a mirar atrás. El campo de Quiddich parecía un sello de correos, encogiéndose y haciéndose más borroso tras una balsa de nubes y niebla. James jadeó, inhalando viento y lluvia, el pánico le aferró con sus gigantescas garras. Todavía estaba subiendo. Grandes cúmulos grises de nubes pasaban zumbando, abofeteándole con sorprendente oscuridad y frío. James empujó de nuevo la escoba hacia abajo, apretando los dientes y gritando de terror.
Sintió la escoba caer enfermizamente, casi arrojándole fuera. No parecía haber conseguido más que un cambio drástico de altitud. James había perdido todo sentido de la dirección. Estaba rodeado de lluvia y densas nubes. Por primera vez, entrar en el equipo de Quidditch de Gryffindor parecía mucho menos importante que simplemente volver a posar ambos pies en tierra, dondequiera que fuera. No podía calcular cómo de rápido iba o en qué dirección. El viento y la niebla le arañaban la cara, haciendo que sus ojos lloraran.
De repente, había formas cerca. Se abalanzaban sobre él saliendo de las nubes. Oyó llamadas distantes, gritando su nombre. Una de las formas se inclinó hacia él y James se sorprendió al ver a Zane sobre una escoba, con la cara blanca como la tiza y el pelo rubio azotado salvajemente alrededor de su cara. Hacía señas hacia James mientras se acercaba, pero James no podía dar sentido a sus gestos.
-¡Sígueme! -gritó Zane sobre el viento mientras pasaba a su lado.
Las demás figuras se enfocaron cuando se centraron sobre James. Vio a Ted y Jennifer, la Ravenclaw.

Reconozco que es de hace unos días, pero la hubiésemos publicado mucho antes si la hubieses traducido tú, ¿No crees?

Se movían en formación alrededor de él. Ted le gritaba instrucciones, pero no podía comprenderlas. Se concentró en inclinar la escoba en la dirección en la que Zane estaba volando. Las nubes pasaron zumbando de nuevo como trenes de mercancías, y James perdió de vista a los demás. Hubo un golpe de aire frío, y entonces la tierra se precipitó bajo James, tambaleándose con enorme facilidad. El campo de Quidditch se estaba alzando para encontrarle, su hierba bien cortada parecía muy dura e inclemente. Zane todavía estaba delante de James, pero estaba tirando hacia atrás, ralentizando la velocidad, gesticulando salvajemente con una mano. James tiró hacia atrás de su propia escoba, intentando emular a Zane, pero la fuerza del viento al pasar se oponía a él. Luchó contra ella, girando, forcejeando con la escoba para