Cap. 14

14. La Encrucijada de los Mayores

— ¿Qué? ¿De todos modos, por qué tenemos que robarle la escoba? —exclamó Ralph en el desayuno a la mañana siguiente. Estaba inclinado sobre la mesa, extendiendo la mano en busca de un plato de salchichas—. Eso sería mucho más difícil de lo que fue robar el maletín de Jackson. A los chicos no se les permite entrar en el dormitorio de las chicas. ¡Ni siquiera podemos acercarnos! Además, ya tenemos la túnica. No pueden hacer nada sin todos los talismanes.
—Es el báculo de Merlín, por eso tenemos que conseguirlo —replicó James—. Incluso por sí mismo, debe ser uno de los objetos mágicos más poderosos del mundo. Ya viste lo que Tabitha Corsica hizo con él en el partido. ¿Y sí no es sólo encerrar la snitch lo que busca? Su equipo entero parece responder al báculo de algún modo, o al menos sus escobas. Saben justo cuando hacer el movimiento correcto. Esa es una magia realmente poderosa. Por ahora, solo lo utiliza para ganar partidos de Quidditch, pero ¿realmente quieres algo así en las manos de alguien como ella y el Elemento Progresivo?
Ralph parecía serio. Zane bajó su taza de café y miró fijamente a la mesa.
—No sé... —dijo.
— ¿Qué? —dijo James impacientemente.
Zane levantó la mirada.
—Bueno, en realidad parece demasiado fácil. Quiero decir, primero el maletín para rocas del colega de Ralph que apareció justo en el momento oportuno. Después, no importa cómo lo mires, tuvimos una suerte realmente endiablada con el encantamiento visum—ineptio. Incluso antes de eso, mira todas las coincidencias que los condujeron a descubrir el escondite del trono de Merlín, desde captar un vistazo a la reina vudú en el lago esa noche a encontrar ese artículo de El Profeta sobre el allanamiento en el Ministerio. Y ahora, resulta que averiguamos que la escoba de Tabitha es el báculo de Merlín. Odio decirlo, pero no puede ser una conspiración muy oscura si un trío de novatos de primero como nosotros lo hemos descubierto todo.
James echaba humo.
—Vale, sí, así que hemos tenido suerte aquí y allí. Hemos trabajado realmente duro y sido extremadamente cuidadosos también. Y por otro lado, todo encaja, ¿no? Solo porque la gente que hay tras el complot Merlín sea demasiado arrogante como para pensar que alguien pueda pillarles eso no significa que el complot no sea auténtico. ¿Y qué ocurrirá cuando Jackson abra el maletín? ¡Y ni siquiera os he contado lo que me pasó la semana pasada!
Ralph saltó, casi derramando su zumo de calabaza, con los ojos salvajes durante un segundo, y luego se controló.
— ¿La semana pasada? ¿Cuándo?
—La noche que fuimos a ver a Hagrid, justo después de separarnos —respondió James. Describió cómo las paredes de Hogwarts se habían transformado en bosque a su alrededor, su extraño viaje a la Isla de la Torre del Homenaje, y la misteriosa figura fantasmal que le había ordenado llevarle la túnica. Zane escuchaba con marcado interés, pero la cara de Ralph estaba blanca y pálida.
Cuando James terminó, Zane preguntó.
—¿Crees que era realmente una dríada?
James se encogió de hombros.
—No sé. Se parecía mucho a la que vimos en el bosque, pero diferente. Pulsaba, no sé si sabes lo que quiero decir. Podía sentirlo en mi cabeza.
—Quizás fue un sueño —dijo Zane cuidadosamente—. Suena como un sueño.
—No fue un sueño. Estaba en el pasillo que conduce a la sala común. No soy sonámbulo.
—Yo solo decía —dijo Zane dócilmente, bajando la vista.
— ¿Qué? —Animó James—. ¿Crees que todo el asunto de Merlín fue un sueño también? ¿Cuando desaparecí de la habitación justo delante de vosotros y el fantasma de Cedric Diggory tuvo que traerme de vuelta?
—Por supuesto que no. Aún así, suena a locura. ¿Estabas en el bosque o en el pasillo? ¿Cuál era el real? ¿O no lo era ninguno de los dos? Quiero decir, has estado pensando un montón en todo esto. Quizás...
Ralph estaba estudiando su plato vacío. Habló sin alzar la cabeza.
—No fue un sueño.
James y Zane miraron a Ralph.
— ¿Cómo lo sabes, Ralph? —preguntó Zane.
Ralph suspiró.
—Porque a mí me ocurrió lo mismo.
Los ojos de James se abrieron y la boca se le quedó abierta.
— ¿Viste la Torre del Homenaje? ¿Y a la dríada también? Ralph, ¿por qué no dijiste nada?
— ¡No sabía lo que eran! —Dijo Ralph, levantando la mirada—. No estaba con vosotros dos cuando fuisteis al bosque y visteis la Isla y conocisteis a la dríada, ¿recordáis? Así que la semana pasada, estaba de camino a través de los sótanos hasta los dormitorios Slytherin y de repente todo se desvaneció y se convirtió en un bosque, como describiste, James. Vi la Isla y a la dama del árbol, pero no los reconocí. Pensé que era un fantasma o algo. Me dijo que le llevara el talismán, pero yo tenía miedo. No acostumbro a tener extrañas experiencias mágicas extracorporales ni nada parecido. Intenté correr, pero entonces, de repente, me encontré de pie frente a la puerta de la sala común Slytherin, directamente. Estaba preocupado por mi cordura, si os digo la verdad. Pensé que toda esta mierda mágica me estaba reblandeciendo el cerebro. Francamente, me alivia un poco que te haya pasado lo mismo a ti también.
—Puedo entenderlo —dijo Zane, asintiendo.
— ¿Pero por qué tú? —Preguntó Zane—. Tú no tienes el talismán. Lo tengo yo.
Zane inclinó la cabeza a un lado y se mordió la comisura de la boca con esa rara expresión de cómica concentración que ponían cuando estaba pensando con fuerza.
—Quizás es tan simple como el hecho de que Ralph es un Slytherin. Quiero decir, él estaba en el debate oponiéndose a Petra y a mí. Quizás quienquiera que sea cree que Ralph es el eslabón más débil. Quizás cree que puede conseguir que Ralph te traicione y te robe la túnica y después la lleve a la isla. No es que fueras a hacerlo, Ralph —añadió Zane, mirando a Ralph.
—De ningún modo. Nunca tocaría esa cosa —estuvo de acuerdo Ralph.
—Supongo que tiene sentido —admitió James— ¿Pero por qué no tú entonces, Zane?
Zane adoptó una expresión angelical, alzando los ojos hacia el techo.
—Porque yo soy tan puro como la nieve virgen. Y por otro lado, nunca volvería a poner un pie sobre esa isla. Demasiado freaky para mí.
—Pero yo no podría haber robado la túnica ni aunque hubiera querido —dijo Ralph, frunciendo el ceño—. No con el hechizo cerrojo de Zane. James es el único que puede abrir el baúl.
—Podrías simplemente arrastrar el baúl hasta allí, supongo —replicó James—. Querer es poder.
—Afortunadamente, no quiero —dijo Ralph gravemente.
Zane apartó su taza de café vacía.
—De todos modos, la dríada, o quienquiera que fuera, no tiene que saber necesariamente lo del hechizo cerrojo extra en el baúl. Pero el hecho de que os haya ocurrido a los dos prueba de seguro que alguien quiere esa túnica, y sabe que nosotros la tenemos. Si no es Jackson ni ninguno de los suyos, ¿entonces quién?
James dijo,
— ¿Recuerdas lo que nos dijo la dríada verde? Dijo que los árboles estaban despertando, pero que muchos de ellos... ¿cómo lo dijo?
Zane asintió, recordando.
—Dijo que estaban "pasados" como leche a la que se le ha pasado la fecha de caducidad o algo así. En otras palabras, algunos de los árboles son malos. Están del lado del caos y la guerra. ¿Crees que la dríada azul de Ralph era una de los malos intentando parecer agradable?
—Tiene sentido —dijo Ralph—. Era toda hermosura y sonrisas y todo eso, pero tuve el fuerte presentimiento de que si no le llevaba la túnica, esa sonrisa se convertiría en una mueca hambrienta muy rápidamente. Fue lo que me asustó. Eso y sus uñas. —Se estremeció.
—Entonces esto es más grande que simplemente nosotros y los conspiradores Merlín —dijo Zane serio—. Los espíritus de los árboles están involucrados. Y cualquiera sabe quién más también. Por lo que sabemos, todo el mundo mágico podría estar tomando posiciones en uno u otro bando.
—No entiendo por qué no llamamos simplemente a tu padre —intervino Ralph—. Su trabajo es tratar con esta clase de cosas, ¿no?
—Porque ellos tienen reglas que deben seguir —replicó James cansinamente—. Traerían un equipo de aurores para registrar los terrenos. No requisarían sin más la escoba de Tabitha solo porque nosotros digamos que es el báculo de Merlín, incluso si devolvemos la túnica. Hay barridos mágicos, que investigan cualquier fuente inusual de poder. Llevaría días. Para cuando volvieran a por la escoba de Tabitha, ella podría haberla sacado de aquí. Jackson y Delacroix olerían los problemas y escaparían también. Podrían incluso hacer que todos los conspiradores se reunieran en esa Encrucijada de los Mayores e intentar traer de vuelta a Merlín. No funcionaría sin la túnica, por supuesto, pero entonces el trono y el báculo estarían perdidos, ocultos y bajo el control de magos oscuros.
Ralph suspiró.
—Está bien, está bien. Quedo convencido. Así que intentaremos quitarle el báculo de Merlín a Corsica. Es eso, ¿no? Después se lo entregaremos todo a tu padre y a sus profesionales. Ellos arreglarán todo el lío y nosotros seremos héroes. O lo que sea. ¿De acuerdo?
Zane asintió.
—Si, estoy contigo. Conseguir la escoba y listo. ¿Vale?
James estuvo de acuerdo.
—Pues necesitamos un plan. ¿Alguna idea?
—No será fácil —dijo Ralph firmemente—. Si tuvimos suerte con el maletín de Jackson necesitaremos un acto divino para esto otro. Las habitaciones de los Slytherins están tan cargadas de maldiciones y hechizos anti-espía que casi zumban. Son la panda más recelosa que he conocido jamás.
—Los timadores siempre esperan ser timados —dijo Zane sabiamente—. Pero hay algo que estamos olvidando, y que podría ser incluso más importante que conseguir el báculo de Merlín.
— ¿Qué es más importante que eso? —preguntó James.
—Conservar el talismán que ya tenemos —respondió Zane simplemente, enfrentando la mirada de James—. Algo ahí afuera sabe que tenemos la túnica, y ya ha intentado conseguirla una vez. No sabemos que clase de magia es esa, pero ambos estáis bastante convencidos de que os transportó hasta la isla directamente desde los pasillos de Hogwarts, ¿verdad?
James y Ralph intercambiaron miradas y después asintieron hacia Zane.
—Entonces —continuó Zane—, ya que la Desaparición es imposible en los terrenos de Hogwarts, debe haber utilizado otro tipo de magia para llevaros allí. Ese debe ser un mojo poderoso. ¿Qué nos dice que no lo intentará otra vez?
Ralph se puso pálido.
—No había pensado en eso.
—Quizás agotara todo su poder la primera vez —dijo James un poco dubitativo.
—Será mejor para vosotros dos —dijo Zane, mirando de uno a otro—. Porque ya intentó pedirlo amablemente. La próxima vez no será tan cortés.
Una idea golpeó a James y se estremeció.
— ¿Qué? —preguntó Ralph, viendo el cambio de cara de James.
—Fisioaparición remota —dijo James con voz ronza—. Así llamó el profesor Franklyn al poder de Delacroix de proyectar un espectro de sí misma. Es diferente a la aparición habitual, porque simplemente envía a un fantasma de sí misma, pero el espectro aún puede parecer sólido y afectar a las cosas. Lo busqué. El fantasma es una versión sólida de cualquier material que se tenga a mano, y se utiliza como un títere. De algún modo lo utilizó para traer aquí el trono de Merlín y ocultarlo en la isla sin ser detectado.
Zane frunció el ceño.
—Vale, ¿y qué?
— ¿Y si fuera así como Ralph y yo fuimos transportados a la Torre del Homenaje? Ralph, tú lo llamaste una experiencia extracorporal. ¿Y si es eso lo que fue en realidad? ¡Quizás nos vimos forzados a una fisioaparición remota! Solo un espectro de nosotros mismos fue a la Torre, pero nuestros cuerpos permanecieron en los pasillos como... congelados.
Ralph estaba claramente horrorizado ante la idea. Zane parecía pensativo.
—Parece encajar. Los dos decís que ocurrió cuando estabais solos en los pasillos. Nadie os vio allí de pie con el piloto automático mientras vuestras almas o lo que sea se estiraban hasta la Torre.
—Pero esa es la especialidad de Delacroix —dijo Ralph, estremeciéndose—. ¿Crees que ella sabe que de algún modo conseguimos la túnica?
James respondió.
—Quizás. Es escurridiza como una serpiente. Podría habérselo figurado y no decírselo siquiera a Jackson. Quizás quiere toda la gloria para sí misma.
—Una cosa es segura entonces —anunció Zane—. No podemos permitir que estéis a solas. Mi teoría es que quienquiera o lo que quiera que esté haciendo esto no quiere que se revele el secreto. Por eso esperaron a que estuvierais solos unos minutos. Si mantenemos a mucha gente alrededor de los dos, tal vez no vuelvan a intentarlo.
Ralph estaba blanco como una estatua.
—A menos que estén realmente, realmente desesperados.
—Bueno, si —estuvo de acuerdo Zane—. Siempre cabe esa posibilidad. Pero no podemos hacer nada en ese caso, solo esperar que no se llegue a eso.
—Eso me hace sentir mucho mejor —gimió Ralph.
—Vamos —dijo James, levantándose de la mesa del desayuno—. Se hace tarde y los elfos domésticos están echándonos miraditas. Ya es hora de que salgamos de aquí antes de que alguien note que andamos planeando algo.
Los tres chicos salieron al frío de los terrenos y charlaron de otras cosas un rato, después, al tener distintas obligaciones relacionadas con sus Casas, tomaron caminos separados durante el resto del día.



La semana siguiente estuvo frustrantemente ocupada. Neville Longbotton asignó uno de sus muy inusuales pero extremadamente exigentes ensayos. Esto llevó a James a pasar una desmesurada cantidad de tiempo en la biblioteca, buscando los interminables usos de la spynuswort, un empeño mucho más complicado debido al hecho de que muchas partes de la planta, desde las hojas al tronco, la raíz e incluso sus semillas, tenían gran número de aplicaciones, desde aliviar afecciones de la piel a encerar escobas. James acababa de añadir la septuagésima novena entrada en su lista garabateada cuando Morgan Patonia se sentó a la mesa frente a él con un pesado suspiro. Morgan, un chico de primero de Hufflepuff, también estaba en Herbología y trabajaba en su ensayo sobre la spynuswort.
—Solo tienes que poner cinco usos —declaró Morgan cuando vio la lista de James—. Lo sabes, ¿verdad?
— ¿Cinco? —dijo James débilmente.
Morgan lanzó a James una mirada de alegre desdén.
—El Profesor Longbotton nos encargó escribir precisamente sobre la spynuswort porque es una de las tres plantas más útiles del mundo mágico. Si escribimos sobre cada uno de sus usos acabaría pareciendo una enciclopedia, estúpido.
La cara de James se acaloró.
— ¡Lo sabía! —Dijo, intentando aparentar arrogancia y petulancia herida—. Solo que lo olvidé. No puedes culparme por ser concienzudo, ¿verdad?
Morgan se rió disimuladamente, obviamente encantado porque James hubiera perdido tanto tiempo. James recogió sus cosas pocos minutos después y se mudó a la sala común Gryffindor, molesto a la vez que aliviado. Al menos el ensayo estaba acabado. De hecho, ya que ya había escrito alrededor de veintitrés usos de la spynuswort, probablemente consiguiera créditos extra. Mientras Neville no imaginara que la minuciosidad del ensayo se debía simplemente a que no había estado prestando mucha atención en clase.
Dos veces vio James a la profesora Delacroix en los pasillos y tuvo la inconfundible sensación de que le estaba observando. Nunca vio sus ojos posados en él, pero ya que estaba ciega, eso apenas importaba. James recordaba como Delacroix había manipulado la sopera de gumbo con su fea varita con aspecto de raíz durante la cena con los Alma Aleron, sin derramar ni una gota. Tenía la sospecha de que Delacroix tenía formas de ver que no tenían nada que ver con sus ojos inútiles. De hecho, eso podría explicar como podría haber notado que el maletín de Jackson era diferente. El encantamiento visum—inepto solo funcionaba con lo que la gente veía con los ojos, ¿verdad? Aún así, nunca le dijo nada, o al menos perdió el paso cuando pasaba junto a él. James decidió que simplemente estaba paranoico. Por otro lado, tal como señaló Zane, ¿qué diferencia habría? Podría ser ella la que estaba intentando engañar a Ralph y James para que llevaran la túnica a la Torre del Homenaje, o podría ser otra fuerza totalmente distinta. Fuera como fuera, tenía que estar en guardia para no quedarse nunca solo, y al fin y al cabo no importaba cual fuera la amenaza en realidad.
James había empezado a notar lo difícil era que no quedarse nunca solo. Cualquiera pensaría, en una escuela del tamaño de Hogwarts, que sería algo raro, de todos modos. Ahora que prestaba atención a ello, comprendió que había estado a solas en los terrenos y los pasillos varias veces todos los días, ya fuera cruzando los terrenos para llegar a la clase de herbología de Neville Longbotton después de Transfiguraciones, o simplemente  yendo al baño en medio de la noche. Arreglárselas para no estar nunca a solas incluso en esas circunstancias era una tarea molesta, pero Zane, para sorpresa de James, había sido absolutamente inflexible al respecto.
—Aún si nos hicimos con esa túnica gracias una asombrosa cadena de golpes de suerte, no voy a dejar que se nos escurra de entre las manos por nuestro descuido —dijo a James un día, caminando con él hacia los invernaderos de Herbología—. Es la falta de previsión de los conspiradores lo que ha estado jugando a nuestro favor. No voy a devolverles el favor.
Un día, James presentó a Ralph y Zane el encantamiento proteico como forma de comunicación si fuera necesaria una compañía de emergencia. James había pedido tres patos de goma de Sortilegios Weasley, y había dado uno a Zane y otro a Ralph.
—El encantamiento proteico hace que si aprieto mi pato, los de vosotros dos suenen igual —explicó James, dando a su un pato un apretón.
— ¡Que te den! —graznaron los tres patos a la vez.
—Excelente —dijo Zane, dando a su propio pato un apretón firme, consiguiendo como resultado un coro de felices insultos—. Así si alguno de vosotros se encuentra solo o necesita ir al baño, solo tiene que apretar esto y yo voy corriendo, ¿eh?
—Ugh —dijo Ralph, mirando a su pato con disgusto—. Odio esto. Es como volver a tener tres años.
—Ey, si quieres volver a salir pitando para tener una reunión con algún espíritu arbóreo insatisfecho... —dijo Zane, encogiéndose de hombros.
—No dije que no fuera a hacerlo —exclamó Ralph, molesto—. Solo que lo odio, eso es todo.
Zane se giró hacia James.
— ¿Y como sabré cual de los dos me está graznando?
James sacó un rotulador negro y dibujó una J en la parte de abajo de su pato.
—Mira el tuyo ahora. Cualquier cosa que hagamos a un solo pato se mostrará en todos los demás. Cuando oigas el quack, solo comprueba la parte de abajo del pato y mira la inicial que aparece.
—Bien pensado —dijo Zane aprobándolo. Alzó su pato y pellizcó como si estuviera saludando con él.
—¡Come mierda pixie! —graznó el pato alegremente.
—Muy bien —dijo James, metiendo su propio pato en la mochila—. Esto solo funcionará si los utilizamos solo en caso de emergencia. ¿De acuerdo?
—¿Por qué solo graznan? —preguntó Ralph mientras se lo metía en el bolsillo.
—Pregunta a un Weasley —respondió James distraídamente.
Al principio, estar obligado a tener a Zane o a algún otro alrededor todo el tiempo era tan molesto para James como para Ralph, pero finalmente se acostumbró a ello e incluso empezó a gustarle. Zane se sentaba en una silla en la esquina del cuarto de baño mientras James se bañaba, interrogándole sobre pronunciaciones o terminología y restricciones de Transfiguración. James descubrió que muchos de sus compañeros de clase de Herbología, incluyendo a Morgan Patonia, tenía clase de Encantamientos antes de Herbología. Sabiendo esto, era capaz de apresurarse a salir de su clase de Transfiguración hasta el aula de Encantamientos y después acompañar a Patonia y sus amigos hasta el invernadero, evitando así el trayecto solitario por los terrenos. Estar constantemente cerca de gente se convirtió en un hábito fácil para James, y al final casi olvidaba que lo estaba haciendo. De este modo, las semanas pasaron con facilidad. La crudeza del invierto comenzó a fundirse hasta convertirse en la frágil calidez de la primavera. Aún así, ni James, ni Ralph, ni Zane había dado con un plan para conseguir la escoba de Tabitha Corsica. Al final decidieron, si bien a regañadientes, que se precisaba una misión de reconocimiento.
—No me gusta esto —dijo Ralph mientras se dirigía con los otros dos chicos a la puerta de la sala común Slytherin—. No he visto a nadie que no fuera Slytherin aquí desde hace meses.
—No te preocupes por eso, Ralph —dijo Zane, pero su voz se mostraba menos confiada de lo habitual—. Tenemos aquí el mapa mágico de James. Podemos comprobarlo de nuevo, pero según él, la mayor parte de tus colegas están viendo el entrenamiento de los Slytherin para el campeonato. ¿Verdad, James?
James tenía el Mapa del Merodeador desplegado entre las manos. Lo estudiaba mientras caminaban.
—Por lo que puedo ver, solo hay un par de personas en los dormitorios Slytherin, y ninguno son gente de las que tengamos que preocuparnos.
— ¿Estás seguro de estar leyendo bien esa cosa? —Preguntó Ralph, metiendo su anillo en la cuenca del ojo de la serpiente esculpida en la gigantesca puerta de madera—. Por lo que oí, dijiste que ni siquiera recordabas como hacerlo funcionar.
—Bueno, está funcionando, ¿no? —replicó James malhumoradamente. En realidad, estaba preocupado por la exactitud del mapa. Había recordado la frase que hacía que el mapa se abriera y mostrara el colegio, pero como su padre se había temido, el castillo había cambiado mucho desde que el mapa había sido creado por Lunático, Cornamenta, Canuto y Colagusano. Trozos irregulares del mapa estaban completamente en blanco, y cada sección en blanco estaba marcada con una anotación que decía se requiere redibujar; por favor, consulte a los Merodeadores Cornamenta y Canuto en busca de ayuda. James solo podía suponer que su abuelo y Sirius Black habían sido los artistas que habían dibujado el mapa, pero ya que hacía bastante que ambos estaban muertos, aparentemente no había quien redibujara el mapa y llenara las áreas reconstruidas. Los nombres diminutos que marcaban la localización de todo el que estaba en el campus todavía se veían moviéndose aquí y allá, pero cuando entraban en una de las áreas en blanco, sus marcas y nombres se desvanecían. Afortunadamente, las habitaciones Slytherin estaban bajo el lago, y por consiguiente habían resultado muy poco dañadas durante la Batalla de Hogwarts (Ralph se había enterado de que solo la entrada principal había resultado destruida durante el asedio). James podía ver todo el entramado de habitaciones y salas de Slytherin en el Mapa del Merodeador.
La serpiente esculpida hizo su pregunta. Ralph se anunció a sí mismo y explicó quienes eran James y Zane y que eran sus amigos. El brillante ojo verde de la serpiente examinó a Zane y James durante un largo momento, y después abrió el complicado sistema de cerrojos y barras que aseguraban la puerta. Los tres chicos no pudieron evitar ocultarse un poco mientras atravesaban la aparentemente desierta sala común Slytherin. La ensombrecida luz verde del sol, filtrada por el agua del lago que había sobre los techos de cristal, llenaba la habitación de sombras lóbregas. El fuego era un brillo rojo apagado en la gigantesca chimenea, cuyo mármol estaba esculpido para asemejar la forma de la boca abierta de una serpiente.
—Nada como leer un buen libro ante unas fauces abiertas —murmuró Zane mientras pasaba junto al fuego—. ¿Y dónde guardan las escobas, Ralph?
Ralph sacudió la cabeza.
—Ya os lo he dicho, no lo sé. Solo sé que no hay un casillero común o algo así, como los de Gryffindor o Ravenclaw. La mayor parte de estos tipos no confían mucho los unos en los otros. Todo el mundo tiene armario privado con una llave mágica especial. Además, sus escobas no están aquí ahora de cualquier modo, ¿verdad? Están todas con ellos en el campo de Quidditch.
—No estamos aquí para cogerla ahora —respondió Zane, examinando la sala común—. Solo para descubrir donde podrían ocultarlas.
Incluso en medio de un día primaveral, las habitaciones Slytherin eran una mortaja de cambiante semioscuridad verde.
—Lumos —dijo James, iluminando su varita y sosteniéndola en alto—. Este pasillo lleva a los dormitorios de los chicos, ¿verdad, Ralph?
—Si, el de las chicas está en el otro lado, escaleras arriba.
Zane se lanzó por entre el mobiliario de la sala común, apuntando a las escaleras.
—Redada de bragas en los dormitorios de las chicas. Yo me encargo.
—Espera —dijo James agudamente—. Estará hechizado, ya sabes. A ningún chico se le permite entrar en ningún dormitorio de chicas. Sube ahí, y seguro que dispararás alguna alarma.
Zane se detuvo, mirando fijamente a James, y después dio la espalda a las escaleras.
—Demonios. Han pensado en todo, ¿verdad?
—Además —dijo Ralph desde el otro lado de la habitación—. Por cierto, aquí lo llamamos "ropa interior".
—Tú dices potato, yo digo patata... —masculló Zane.
— ¿Podemos volver a lo que estábamos? —dijo James tan alto como se atrevió—. Se supone que estamos buscando formas de hacernos con la escoba de Tabitha. Incluso si todo lo que podemos hacer es averiguar donde la guarda.
—Aunque parezca mentira —dijo Zane remilgadamente—, es en eso en lo que estaba pensando. Por lo que sabemos duerme con esa cosa. Incluso si no lo hace, puedes apostar a que la mantiene lo suficientemente cerca como para protegerla. Eso significa entrar en los dormitorios de las chicas, ¿no?
James sacudió la cabeza.
—No es posible. Estoy empezando a ver lo útil que fue para mi padre tener a tía Hermione como parte de su pandilla. Podía enviarla a comprobar esas cosas. Sin embargo nosotros estamos atascados en esto.
Mientras James terminaba de hablar un ruido llegó desde las escaleras. Los tres chicos se quedaron congelados culpablemente, mirando hacia los escalones. Se oyó un roce de pequeños pies, y entonces un diminuto elfo doméstico llegó bajando y balanceando una cesta de ropa arrugada sobre la cabeza. El elfo se detuvo, viendo a los tres chicos mirarlo fijamente.
—Mil perdones, amos —dijo el elfo, y James pudo ver por el timbre de su voz que era una hembra—. Solo estaba recogiendo la colada, si tienen la amabilidad. —Sus ojos bulbosos saltaban de uno a otro. Parecía desconcertada por haber despertado tan agudo interés. James comprendió que probablemente estaba acostumbrada a ser completamente ignorada, si es que se la llegaba a ver en absoluto.
—No hay problema, ¿señorita...? —dijo Zane, haciendo una pequeña reverencia y dando un paso atrás alejándose de las escaleras. La elfo no se movió. Sus ojos seguían los movimientos de Zane con creciente consternación.
— ¿Disculpe, amo?
— ¿Su nombre, señorita? —respondió Zane.
—Ah. Er. Figgle, amo. Disculpe, amo. Figgle no está acostumbrada a que los amos y las amas le hablen, amo. —La elfa parecía casi vibrar de nerviosismo.
—Estoy seguro de que es cierto, Figgle —dijo Zane por lo bajo—. Ya ves, soy miembro de una organización de la que tal vez hayas oído hablar. Nos llamamos... uh... —Zane volvió la mirada hacia James, con los ojos abiertos. James recordó haber hablado con Zane y Ralph sobre la organización de su tía Hermione para la igualdad de derechos de los elfos
James tartamudeó.
—Oh. Si. P.E.D.D.O. ¿Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros?
—Si, eso —dijo Zane, girándose otra vez hacia Figgle, que se sobresaltó—. Pedo. Habrás oído hablar de nosotros, sin duda. Ayudamos a los duendes domésticos.
—Figgle no lo ha hecho, amo. Ni un poquito. Figgle tiene mucho trabajo, amo.
—Esa es exactamente la cuestión, mi querida Figgle. Nosotros en P.E.D.D.O. trabajamos para aliviar esa carga. De hecho, como acto de buena fe, me gustaría ayudarte ahora. Por favor, ¿me dejas ayudarte con eso?
Figgle parecía positivamente horrorizada.
—Oh, no, amo. ¡Figgle no podría! ¡El amo no debería burlarse de Figgle, señor!
James podía ver a donde se dirigía Zane con esta charada, pero dudaba que pudiera llegar a ninguna parte. Los elfos domésticos, especialmente los que trabajaban entre los Slytherins, solían estar acostumbrados a ser maltratados y engañados por sus amos. Figgle tenía aspecto de estar a punto de estallar en lágrimas de miedo.
Zane se arrodilló, poniéndose al nivel ocular de la temblorosa elfa doméstica que estaba en el segundo escalón de las escaleras.
—Figgle, no voy a hacerte daño ni a meterte en problemas. Lo prometo. Ni siquiera soy un Slytherin. Soy un Ravenclaw. ¿Conoces a los Ravenclaw?
—Figgle los conoce, amo. Figgle recoge la colada de los Ravenclaw los martes y los viernes. Los Ravenclaw suelen oler menos que los Slytherin, amo. —La elfa estaba balbuceando, pero parecía más calmada.
—Me gustaría ayudarte, Figgle. Seguro que hay más cosas que cargar. ¿Puedo llevarlas por ti?
Figgle apretó los labios muy fuerte, obviamente bailando en el filo entre su miedo a una broma y su deber de hacer lo que le decían. Sus ojos del tamaño de pelotas de tenis estudiaban a Zane, entonces, finalmente, asintió una vez, rápidamente.
—Excelente, Figgle. Eres una buena elfa —dijo Zane tranquilizadoramente—. Hay más colada arriba, ¿verdad? Veo que la estás apilando aquí junto a la puerta. Yo recogeré el resto por ti. —Dio un paso hacia las escaleras.
— ¡Oh, no, amo! ¡Espere! —dijo Figgle, alzando la mano. La cesta de su cabeza se bamboleó un poco y ella la estabilizó con facilidad—. El amo romperá el boundary. Figgle no debe dejar que otros vean que la está ayudando.
Figgle saltó ligeramente los últimos dos escalones y se giró hacia las escaleras. Alzó la mano y chasqueó los dedos. Algo cambió en el umbral de las escaleras. James habría jurado que algo parecido a una luz se había apagado, aunque la iluminación de la habitación no había cambiado—. Ahora el amo puede subir. Pero por favor, amo... —De nuevo, Figgle parecía torturada al filo del miedo y la obediencia—. Por favor, el amo no debe tocar nada aparte de la cesta. Después Figgle llevará toda la colada a los sótanos. ¿Por favor? —Parecía estar suplicando para lograr acabar con esto lo antes posible.
—Por supuesto —respondió Zane, sonriendo. Con solo la más ligera de las pausas, puso un pie en el primer escalón. No pasó nada—. Ahora vuelvo, tíos —dijo Zane sobre el hombro, y después trotó escaleras arriba.
James dejó escapar un suspiro y oyó a Ralph hacer lo mismo. Figgle observó a Zane trepar por las escaleras, después volvió a mirar horrorizada a James y Ralph. Ralph se encogió de hombros y le sonrió. Fue, en opinión de James, una sonrisa bastante espantosa. Figgle no pareció notarlo. Se movió a través del mobiliario, balanceando la enorme cesta con facilidad, y después la colocó en una gran pila cerca de la puerta.
—James —dijo Ralph quedamente—. El mapa.
James asintió y abrió de nuevo el Mapa del Merodeador. Primero miró hacia la zona superior derecha del mapa, donde un grupo de pulcros dibujos ilustraban el campo de Quidditch y las gradas. Docenas de nombres estaban apiñados allí, la mayor parte dentro y alrededor de las gradas, pero unos cuanto se movían en torno al campo. La sesión de entrenamiento de Slytherin todavía estaba en marcha, aunque parecía haber pocos en las escobas en ese momento. Probablemente estaban reunidos en el suelo comprobando la estrategia, hablando o algo así. Comprobó los nombres diseminados entre el campo y las gradas. Allí estaba Squallus, Norbert y Beetlebrick y unos pocos más a los que James no conocía.
Figgle alzó las manos en el mismo gesto que James había visto a los elfos en el Gran Comedor para recoger los manteles. Una pila de colada se apelotonó en una gran bola y las sábanas de las camas se cerraron a su alrededor, las cuatro esquinas se ataron en lo alto. Figgle lanzó un pequeño puñado de polvos rosa sobre la bola gigante de ropa y chasqueó de nuevo los dedos. La colada se desvaneció, presumiblemente para reaparecer en los sótanos. La elfa miró nerviosa hacia las escaleras.
— ¿Y bien? —preguntó Ralph a James con voz tensa y preocupada.
—No puedo ver a Tabitha —respondió James, intentando mantener la voz tranquila—. Ni a Philia Goyle. No están ya en el campo por lo que puedo ver.
— ¿Qué? ¿Bueno, y donde están?
—No sé. Parecen estar fuera del mapa por el momento.
Figgle les estaba mirando, con los ojos abiertos y alerta. Parecía tener el presentimiento de que algo iba incluso peor que hacía un minuto. James estudiaba el Mapa del Merodeador atentamente, vigilando los grandes puntos en blanco para ver si Goyle y Corsica aparecían fuera de ellos. Mantenía un ojo alerta en el punto en blanco de la puerta de las habitaciones Slytherin.
—Oh, no —dijo, sus ojos se abrieron—. ¡Aquí vienen! ¿Qué hacemos ahora?
— ¡Esconde el mapa! —dijo Ralph, su cara se estaba poniendo de un blanco pastoso—. ¡Venga! ¡Zane! —gritó escaleras arriba. No hubo respuesta.
La expresión de Figgle había pasado de alarma a puro pánico.
—¡Viene la señorita Corsica! ¡Figgle ha hecho algo horrible! ¡Figgle será castigada! —Escapó por las escaleras, chasqueando los dedos al pasar. Hubo una repentina sensación de cambio, como si una luz invisible hubiera vuelto a encenderse, y James supo que el encantamiento Boundary de las escaleras estaba de nuevo en su sitio. Se oyó un ruido de pasos y voces amortiguadas escaleras arriba y también en la puerta de la sala común. James dobló a toda prisa y rudamente el Mapa del Merodeador y lo metió en su mochila abierta. Ralph se lanzó sobre el sofá más cercano, intentando aparentar una escena de perezosa indolencia. La puerta se abrió justo cuando James se había vuelto a poner la mochila y se giraba.
Tabitha Corsica y Philia Goyle atravesaron el umbral. Sus ojos se posaron sobre James y ambas se quedaron en silencio. Tabitha estaba vestida con una capa de deporte y mallas negras, con la escoba sobre el hombro. Su pelo estaba recogido en una pulcra cola de caballo e incluso aunque solo minutos antes había estado recorriendo el campo de Quidditch sobre su inusualmente mágica escoba, parecía tan fresca y pulcra como un tulipán. Ella habló primero.
—James Potter —dijo amablemente, recobrándose casi instantáneamente de su sorpresa al verle—. Qué placer.
—¿Qué estás haciendo tú aquí? —exigió Philia, frunciendo el ceño.
—Philia, no seas grosera —dijo Tabitha, entrando en la habitación y pasando junto a James jovialmente—. El señor Potter es tan bienvenido entre nosotros como seguramente nosotras lo seríamos entre los Gryffindors. Si no mostramos buena voluntad en estos tiempos difíciles, ¿qué nos queda? Buenas tardes, señor Deedle.
Ralph croó algo desde el sofá, parecía notablemente avergonzado e incómodo. Philia continuaba mirando con dureza a James, su expresión era abiertamente hostil, pero permaneció en silencio.
—Una pena lo del equipo Gryffindor —dijo Tabitha desde una esquina de la habitación mientras colgaba su capa—. Siempre nos han encantado los partidos Gryffindors contra Slytherins en las finales, ¿verdad, Ralph? Estoy segura de que a tus amigos les duele no estar ahí fuera entrenando con nosotros mientras hablamos, James. Por favor, transmíteles nuestras simpatías. Por cierto... —Tabitha cruzó de nuevo la habitación, dirigiéndose hacia las escaleras del dormitorio de las chicas—. Vi a unos cuantos jugadores Ravenclaw en el campo estudiando nuestras tácticas. Interesante que vuestro amigo Zane no estuviera entre ellos. No le habréis visto, ¿verdad? —Golpeó ociosamente el suelo con su escoba, estudiando la cara de James.
James sacudió la cabeza, sin atreverse a hablar.
—Um —murmuró Tabitha pensativamente—. Curioso. No importa. Vamos, Philia.
James observó, horrorizado, como Tabitha y Philia comenzaban a subir los escalones. Pensó furiosamente, intentando inventar una diversión rápida, pero no le salió nada.
— ¡Que te den! —graznaron de repente un par de voces amortiguadas.
Tabitha y Philia se detuvieron al instante. Philia, en el primer escalón, se giró furiosamente. Tabitha, que estaba delante de ella, se giró mucho más lentamente, con una mirada de educada admiración en la cara.
— ¿Has dicho algo? —preguntó lentamente a James.
James tosió.
—Er. No. Lo siento, Tengo un, ah, carraspeo en la garganta.
Tabitha le observó durante un largo momento, después inclinó la cabeza ligeramente y entrecerró los ojos hacia Ralph. Finalmente, se dio la vuelta y desapareció por las escaleras con Philia detrás, que los miraba coléricamente. Después de unos momentos, sus pasos pudieron oírse arriba. No hubo gritos furiosos ni señales de lucha.
— ¡Vaca estúpida! —graznaron de nuevo las voces amortiguadas.
— ¡Ese maldito lunático! —Dijo Ralph con voz ronca, levantándose de un salto y cogiendo su mochila— ¿Qué estará haciendo?
— ¡Vamos! —Dijo James, abalanzándose hacia la puerta—. Si todavía está ahí arriba no podemos ayudarle.
Ambos corrieron por el pasillo y se abrieron paso a través de varios pasillos al azar antes de detenerse finalmente. Jadeando y con los corazones palpitando, sacaron sus patos de goma de las mochilas, examinando cada uno el suyo aunque eran idénticos. Había una palabra garabateada en la parte de abajo de los patos con tinta negra: ¡Lavandería!
— ¡Ese maldito lunático! —Dijo de nuevo Ralph, pero casi reía de alivio—. Figgle debe haberle llevado a los sótanos junto con el resto de la ropa sucia. Yo digo que le dejemos allí.
James sonrió.
—No, saquémosle antes de que le metan en un exprimidor de ropa. Probablemente se lo merezca, pero primero quiero saber que ha podido averiguar.
Los dos chicos corrieron hasta encontrar la lavandería en los sótanos. James se detuvo solo una vez para pedir indicaciones a un criado molestamente atento de una pintura con una panda de caballeros cenando.
—Apenas tuve dos minutos para mirar alrededor antes de que Figgle subiera las escaleras como una bala de cañón —dijo Zane a James y Ralph cuando finalmente le encontraron—. Me lanzó un puñado de polvos rosa, y entones poff. Aquí estaba.
Ralph estaba mirando impresionado a las enormes tinas de cobre y las máquinas tintineantes de lavar. Los elfos se afanaban a su alrededor, ignorando completamente a los tres chicos mientras se desplazaban a través del panal que formaba su espacio de trabajo en los sótanos. Dos elfos en una pasarela sobre las tinas echaban carretillas de jabón en polvo al agua espumosa. Copos blancos llenaban el aire y se pegaban como nieve al pelo de los chicos.
—Confiad en mí, esto pierde mucho interés después de dos minutos o así —dijo Zane tensamente—. Especialmente cuando este retaco de aquí no os deja salir. —Tres elfos estaban apelotonados alrededor de Zane, mirándole con franca hostilidad.
—Figgle trae a un humano a la lavandería, nosotros le retenemos hasta que alguien explique por qué —dijo el más viejo y gruñón de los elfos con voz severa—. Es la política. Humanos interfiriendo en el trabajo de los elfos va contra el código de conducta y las prácticas de Hogwarts, sección treinta, párrafo seis. Así que, ¿quiénes sois vosotros dos?
James y Ralph intercambiaron una mirada en blanco. Ralph dijo:
—Somos sus... bueno, somos sus amigos, ¿no? Hemos venido a llevarle arriba.
—Hacedlo entonces —dijo el elfo con una mirada penetrante—. Figgle cuenta una historia sobre este humano que intenta hacer su trabajo, eso hace. Dice que habla del bienestar de los elfos y tonterías. Está bastante agitada. No pueden pasar este tipo de cosas, ya sabéis. Tenemos un contrato de coalición con la escuela.
—No volverá a hacerlo —le tranquilizó James—. Tiene buena intención, pero está un poco confundido sobre algunas cosas, ¿verdad? Lo siento. Os lo quitaremos de las manos en un minuto. No volverá a ocurrir.
Zane parecía ofendido, aunque permaneció sabiamente silencioso. El elfo jefe frunció el ceño pensativamente hacia James. James estaba acostumbrado a que los elfos fueran obsequiosos y mansos, o al menos cortésmente hoscos. Aquí, en su reino en funciones, la cosa parecía bastante diferente. Los elfos tenían un contrato de coalición con la escuela, había dicho el elfo jefe. Casi sonaba como si estuvieran sindicados, y fuera una regla esencial del sindicato élfico que solo los elfos podían hacer el trabajo de elfo. Quizás lo vieran como seguridad laboral. James no estaba seguro de si su tía Hermione vería esto como un progreso o un paso atrás.
Finalmente, el elfo jefe gruñó:
—Va en contra de mi sentido común, ¿sabéis? Los tres estáis a prueba. Cualquier otra interferencia en el protocolo élfico, y os llevaré ante la directora. Tenemos un acuerdo de coalición, ya sabéis.
—Eso he oído —masculló Zane, poniendo los ojos en blanco.
—Pero ni siquiera sabe nuestros nombres —señaló Ralph—. ¿Cómo vamos a estar a prueba si no sabe quienes somos?
James le codeó las costillas.
El elfo jefe sonrió hacia sus compañeros, que le devolvieron la sonrisa un poco desconcertados.
—Somos elfos —dijo él simplemente—. Ahora fuera, y espero no volver a veros.
El pasillo que salía de la lavandería era, como es lógico, pequeño y corto, con escalones de la mitad del tamaño normal que obligaron a los chicos a pisar cuidadosamente mientras los subían.
—No sé si felicitarte o darte una patada —dijo Ralph a Zane—. Casi haces que nos pillen Corsica y Goyle.
—Pero entré en el dormitorio de las chicas de Slytherin —señaló Zane con una sonrisa— ¿Cuántos pueden decir lo mismo?
—¿O cuántos querrían hacerlo? —añadió James.
—Sé amable o no te diré lo que he averiguado.
—Mejor que sea bueno —dijo Ralph.
—No lo es —suspiró Zane—. Las habitaciones de las chicas tienen grandes armarios de madera junto a cada cama. Solo uno estaba abierto, pero conseguí echarle un vistazo. Dejadme decir solo que ya no me pregunto donde guarda Tabitha su escoba.
Alcanzaron una puerta grande el final de un tramo de minúsculos escalones. James la empujó, agradeciendo el abandonar el calor y el ruido de la lavandería.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, son armarios mágicos, por supuesto, aunque no conducen a ningún maravilloso mundo de hadas. El que examiné parecía una combinación de tocador y vestidor. Parecía que una boutique hubiera explotado allí, a decir verdad. Una de esas realmente cursis, pero con un toque de vampiro gótico. Había un bote de crema exfoliante en el tocador, y por su aspecto, no creo que la parte exfoliante fuera una metáfora.
— ¿Todas las chicas tienen armarios así? —preguntó Ralph.
—Al menos lo parecía.
James frunció el ceño.
—Nuestras posibilidades de volver a entrar en los dormitorios de las chicas Slytherin otra vez se acercan mucho al cero. Y aunque pudiéramos, ¿cómo íbamos a saber cuál es el armario de Corsica?, y mucho menos íbamos a conseguir abrirlo.
—Te dije que iba a ser imposible —recordó Ralph a James.
—Además olía como el armario de mi abuela —dijo Zane.
— ¿Querrías ahorrarte los detalles? —Exclamó James—. Esto va en serio. Todavía no sabemos dónde está la Encrucijada de los Mayores, o cuando planean Jackson y Delacroix reunir los elementos. Por lo que sabemos, podría ser esta noche.
— ¿Y? —Dijo Ralph—. Como dijiste, no pueden hacer nada sin todos los talismanes.
Zane suspiró, mostrándose ahora sobrio.
—Si, pero si lo intentan y no funciona, ocultarán el resto de los talismanes y nunca las volveremos a ver.
Ralph alzó las manos.
— ¿Bueno? Tiene que haber otra forma entonces. Quiero decir, tiene que sacar la escoba del armario alguna vez, ¿no? La vimos con ella hoy. ¿Y si intentamos algo durante un partido de Quidditch o algo así?
Zane sonrió ampliamente.
—Me gusta eso. Especialmente si podemos hacerlo cuando esté a treinta metros a sí en medio del aire.
—De nuevo imposible —dijo James con frustración—. Desde los tiempos de mi padre, hay hechizos protectores alrededor del campo para evitar que la gente interfiera en los partidos. Hubo unas pocas ocasiones en las que magos oscuros intentaron utilizar hechizos para herirle o tirarle de la escoba. Una vez, un montón de dementores rodearon el campo. Desde entonces hay áreas demarcadas vigiladas por oficiales. Ningún hechizo puede entrar ni salir.
— ¿Qué es un dementor? —preguntó Ralph, con los ojos abiertos.
—No quieres saberlo, Ralph. Confía en mí.
—Bueno, entonces, parece que estamos de vuelta en la primera casilla —dijo Zane hoscamente—. Estoy abierto a ideas.
 Ralph se detuvo de repente en medio del pasillo. Zane tropezó con el chico mayor, tambaleándose hacia atrás, pero Ralph no pareció notarlo. Estaba mirando con fijeza a una de las pinturas alineadas en el pasillo. James notó que era aquella junto a la que se habían detenido para pedir instrucciones para llegar a la lavandería. El mismo criado atento en la esquina trasera de la pintura había captado la atención de James antes, pero solo como alguien a quien podían pedir instrucciones. James se había acostumbrado a los vigilantes personajes de pinturas al azar por todo Hogwarts. El criado miraba malhumoradamente hacia Ralph mientras los caballeros de la pintura alzaban sus picheles y muslos de pavo, palmeándose felizmente unos a otros en las espaldas parcialmente cubiertas por armaduras.
—Oh, genial —dijo Zane, frotándose el hombro donde había tropezado con Ralph—. Mira lo que has hecho, James. Ahora es Ralph el que está obsesionado con cada decimoquinta pintura. Y ni siquiera con las buenas, si quieres mi opinión. Vosotros dos sois los amantes del arte más raros que me conocido jamás.
James se acercó un paso a la pintura también, estudiando al criado que estaba de pie entre las sombras del fondo con un gran paño sobre el hombro. La figura dio medio paso atrás, y James sintió la seguridad de que estaba intentando confundirse más con las sombras del vestíbulo pintado.
— ¿Qué pasa, Ralph? —preguntó.
—Yo he visto esto antes —respondió Ralph con voz distraída.
—Bueno, acabamos de detenernos junto a esta pintura no hace ni diez minutos. ¿no?
—Si. También entonces me pareció familiar, pero no sabía de donde. Estaba de pie en un sitio distinto...
Ralph se dejó caer de repente sobre una rodilla, arrojando su mochila al suelo ante él. Abrió la cremallera precipitadamente y buscó dentro, casi frenéticamente, como preocupado porque fuera cual fuera la inspiración que le había golpeado pudiera escapársele antes de confirmarla. Finalmente sacó un libro, lo agarró triunfante, y se puedo de pie de nuevo, pasando las páginas hasta el final. Zane y James se apiñaron tras él, intentando ver sobre los amplios hombros de Ralph. James reconoció el libro. Era el antiguo libro de pociones que su madre y su padre habían regalado a James por Navidad. Mientras Ralph pasaba las páginas, James pudo ver notas y formulas que atestaban los márgenes, garabateadas junto a dibujos y diagramas. De repente, Ralph dejó de pasar páginas. Sostuvo el libro abierto con ambas manos y lo alzó lentamente hasta el nivel del criado observador del fondo de la pintura. James jadeó.
— ¡Es el mismo! —dijo Zane, señalando.
Seguro, allí, en el margen derecho de una de las páginas del libro de pociones, había un viejo boceto del criado observador. Era inequívocamente la misma figura, con la misma nariz aguileña y la postura tétrica y encorvada. La versión de la pintura se apartó ligeramente al ver el libro, y después cruzó la sala tan velozmente como podía hacerse sin correr realmente. Se detuvo detrás de uno de los pilares alineados en el lado opuesto de la habitación pintada. Los caballeros de la mesa le ignoraron. James, observando atentamente, entrecerró los ojos.
—Sabía que me resultaba familiar —dijo Ralph triunfante—. Estaba en una postura diferente cuando nos tropezamos con él por primera vez, por eso lo le reconocí. Ahora, sin embargo, estaba exactamente en la misma postura del dibujo de este libro. Eso si que es raro.
— ¿Puedo verlo? —preguntó James. Ralph se encogió de hombros y ofreció el libro a James. James se inclinó sobre él, pasando las hojas hasta la parte de delante del libro. Los márgenes de las primeras cien páginas estaba llenos principalmente de notas y hechizos, muchos con partes tachadas y reescritas con un color diferente, como si quien escribió la notas hubiera refinado su trabajo. A mitad del libro, sin embargo, dibujos y garabatos empezaban a apiñarse junto con las notas. Eran esbozos, pero bastante buenos. James reconoció muchos de ellos. Ahí estaba el esbozo de la mujer del trasfondo de la pintura de la corte del Rey. Unas pocas páginas después encontró dos dibujos detallados del mago gordo de la calva de la pintura del envenenamiento de Peracles. Una y otra vez reconoció los esbozos como personajes de pinturas que estaban por todo Hogwarts, las figuras secundarias que habían estado vigilando a James y a sus amigos con ávido y desvergonzado interés.
—Asombroso —dijo James con voz baja e impresionada—. Todos estos dibujos son pinturas que están por toda la escuela, ¿veis?
Ralph examinó de reojo los dibujos del libro, después volvió a mirar a la pintura. Se encogió de hombros.
—Es raro, pero no una sorpresa, ¿no? Quiero decir, el tipo al que pertenecía este libro probablemente estudiara aquí, ¿no? A mi me parece que era un Slytherin. Por eso tu padre me dio a mí el libro. Así que quien quiera que fuera, le gustaba el arte. Un montón de amantes del arte esbozan pinturas. No hay para tanto.
La frente de Zane se frunció mientras no paraba de mirar del dibujo del criado a su equivalente en la pintura, que todavía se escondía cerca de los pilares del trasfondo.
—No, esto no son solo esbozos —dijo, sacudiendo la cabeza lentamente—. Son los originales, o tan parecidos que es imposible ver la diferencia. No me preguntes cómo, pero lo sé. Simplemente lo sé. Quienquiera que dibujo esto era o un gran falsificador... o el auténtico artista.
Ralph pensó en ello un momento, y después sacudió la cabeza.
—Eso no tiene sentido. Además, muchas de estas pinturas son viejas. Mucho más viejas que este libro.
—Tiene mucho sentido —dijo James, cerrando de golpe el libro de pociones y mirando la portada—. El que pintó esto no pintó la pintura entera. Pensad en ello: ni uno solo de estos bocetos es un personaje dominante en las pinturas. Todos son dibujos sin ninguna importancia en el trasfondo. Alguien los añadió a pinturas ya existentes.
Zane arqueó hacia arriba la comisura de la boca y frunció la frente.
— ¿Por qué iba alguien a hacer eso? Es como el graffiti, pero nadie lo notaría excepto el tipo que lo pintó. ¿Qué gracia tiene?
James estaba pensando con fuerza. Asintió ligeramente para sí mismo, bajando otra vez la mirada al viejo libro que tenía entre las manos.
—Creo que tengo una idea —dijo, entrecerrando la mirada pensativamente—. Nos aseguraremos. Esta noche.



— ¡Vamos, Ralph! —se quejó James con un susurro rudo—. ¡Deja de tirar! ¡La estás levantando! ¡Puedo verme los pies!
—No puedo evitarlo —gimió Ralph, agachándose tanto como pudo—. Sé que tu padre y sus amigos solían utilizarla todo el rato, pero uno de ellos era una chica, ¿recuerdas?
—Si, y ella no se zampaba siete comidas al día, además —dijo Zane.
Los tres se arrastraban por los oscurecidos pasillos, apelotonados bajo la capa de invisibilidad. Se habían encontrado en la base de las escaleras, y con la excepción de un momento tenso cuando Steven Metzker, el prefecto Gryffindor y hermano de Noah, había pasado junto a ellos por el pasillo cantando ligeramente desafinado, no se habían tropezado con nadie. Cuando alcanzaron la intersección cerca de la estatua de la bruja tuerta, James les indicó que pararan. Los tres maniobraron torpemente hasta una esquina y James abrió el Mapa del Merodeador.
—No veo por qué tenemos que hacer esto así —se quejó Ralph—. Yo confío en vosotros dos. Podríais habérmelo contado todo mañana en el desayuno.
—Parecías muy excitado cuando lo estábamos planeando, Ralphinator —susurró Zane—. No puedes perder los nervios ahora.
—Eso fue de día. Y tengo nervios de acero, para que lo sepas.
—Shh —siseó James.
Zane se inclinó sobre el mapa.
— ¿Viene alguien?
James sacudió la cabeza.
—No, parece que estamos a salvo. Filch