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![]() 20.La historia del traidor -¡Pero yo los vi! -decía Prescott insistentemente, su voz se volvía más ronca mientras seguía a Vince entre los Land Rovers-. ¡Gigantes! ¡Uno de ellos era tan alto como tres árboles! ¡Dejó huellas del tamaño de... del tamaño de...! -Gesticuló desesperadamente con los brazos. Ignorándole, Vince guardó su cámara en una maleta revestida de espuma. -Ha quedado como un tonto, señor Prescott -dijo el detective Finney, limpiándose gafas en la corbata-. No lo empeore. Prescott se giró hacia el hombre mayor, con los ojos desbocados. -¡Usted tendría que investigar este establecimiento detective! ¡No hay derecho! ¡Los han engañado a todos! -Si abriera alguna investigación, señor Prescott -dijo Finney suavemente-, sería sobre usted y sus métodos. ¿Tenía permisos para entrar en estos terrenos en primer lugar? -¿Que? ¿Está loco? -espetó Prescott. Se detuvo y se recompuso a sí mismo-. Por supuesto. Como ya le había dicho, me informaron de lo que estaba ocurriendo aquí. Alguien de dentro me condujo hasta aquí. -¿Y comprobó los antecedentes de esa persona? -Bueno -dijo Prescott-, la rana de chocolate era bastante convincente. En realidad no... -Perdone. ¿Ha dicho "rana de chocolate"? -preguntó Finney, entrecerrando los ojos. -Yo... er, bueno. La cuestión es, que si, mi fuente estaba bastante segura de que algo rato estaba pasando aquí. -¿Que aquí, de hecho, enseñaban magia? -Si. Er, ¡no! ¡No trucos! ¡Auténtica magia! ¡Con monstruos y gigantes y... y... puertas que se desvanecen y coches voladores! -Y la rana de chocolate confirmó todo eso, ¿verdad? Prescott abrió la boca para responder, y luego se detuvo. Se enderezó en toda su estatura, furioso e indignado. -Se está riendo de mí. -Está usted haciendo difícil que no lo haga, señor. ¿Estaría dispuesto a dejarme hablar con esa fuente suya? Prescott pareció animarse. -¡Si! ¡De hecho, lo haré! Lo arreglé con la señorita Sacarhina para que viniera también. Está justo... -Miró alrededor, arrugando la frente. -¿Lo arregló con la señorita Sacarhina? -preguntó Finney, mirando hacia los escalones de la parte alta del patio. Gran parte del profesorado de la escuela, junto con un buen número de estudiantes, estaban observando con interés como el grupo recogía industriosamente su equipamiento. Ni la señora Sacarhina ni el señor Recreant estaban a la vista-. ¿Ella conoce a esta fuente suya, entonces? -Le conoce, cierto -dijo Prescott, todavía examinando a la multitud-. ¿Dónde está? -¿Vino con su equipo? -preguntó Finney, mirando alrededor-. No recuerdo haberle conocido. -Está allí. Un tipo callado y excéntrico. Tiene un tic nervioso en la ceja derecha. -Ah, él -asintió con la cabeza Finney-. Pensé que era un poco raro. Me gustaría mucho tener unas palabras con él. -Y yo -estuvo de acuerdo Prescott hoscamente. En lo alto de los escalones, el señor Hubert se había girado hacia la directora McGonagall, Neville, y Harry Potter. -Creo que podemos confiar en que nuestros amigos arreglen su partida por sí mismos partir de ahora. Señora Directora, ¿creo que nosotros tenemos unos pocos cabos sueltos de los que ocuparnos? McGonagall asintió, después se giró y condujo al grupo al interior. Harry sonrió a James. -Ven con nosotros, James. Ralph y Zane, vosotros también. -¿Está seguro? -preguntó Ralph, mirando a la directora mientras ésta recorría el pasillo a zancadas. -El señor Hubert pidió específicamente que vosotros tres nos acompañarais -replicó Harry. -Está bien tener amigos en las altas esferas, ¿eh? -dijo Zane alegremente. -Bueno -dijo la directora mientras entraban en el silencio vacío del Gran Comedor-, ha ido tan bien como podía esperarse, a pesar de que al señor Ambrosius se le ha ido un poco la mano con su Encantamiento Amoroso. El señor Finney ha insistido en que me una a él para cenar la próxima vez que vaya a Londres. -Una oferta que creo debería aceptar, Madame -replicó Merlin, quitándose las gigantescas gafas de montura de carey y sacudiéndose el pelo para soltar la cola de caballo del "señor Hubert"-. Le embrujé con el encantamiento más ligero posible. ¿Cómo podría haber sabido yo que el detective Finne tendría una predilección natural por las mujeres altas, fuertes y hermosas? -Por Dios -respondió McGonagall-, creo que está usted bromeando, señor. Que desvergüenza. James habló. -¿Pero cómo sabía lo del Garage, Merlín? ¡Creí con toda seguridad que estábamos acabados! Merlín miró sobre su hombro. -No sabía lo del Garaje, James Potter. Eso estaba más allá del conocimiento de los árboles, a diferenia del vehículo Anglia y Madame Delacroix. La improvisación, sin embargo, siempre ha sido uno de mis mayores talentos. -¿Pero como llevó el Wocket hasta allí? -preguntó Ralph-. ¡Eso fue absolutamente brillante! -Los árboles sabían eso, sin embargo, al igual que yo -replicó Merlín-. Fue simplemente cuestión de animar un cambio de localizaciones. Zane sonrió. -¿Así que los coches de Alma Aleron están en aquel viejo granero en el campo? -Les hará algún bien, espero -asintió Merlín. El grupo avanzó resueltamente a través del Gran Comedor y subió los escalones del estrado. McGonagall abrió una puerta en la pared del fondo y condujo a los otros a través de ella, a una recámara grande con suelo de piesra y una chimenea oscura. Sacarhina y Recreant estaban allí, sentados junto a una tercera persona a la que James no reconoció. -Esto es una afrenta, directora -dijo Recreant, saltando sobre sus pies-. Primero, trae a esta... persona que usurpa nuestra autoridad, ¡y después tiene la osadía de someternos a una maldición Lengua Atada! -Cállate, Trenton -dijo Sacarhina, poniendo los ojos en blanco. Recreant parpadeó, herido, pero cerró la boca. Miró una y otra vez de Sacarhina a la directora. -Sabio consejo, si es que alguna vez he oído alguno -estuvo de acuerdo Harry, adelantándose-. Y sospecho que el Ministro, de hecho, oirá hablar de esto. -No hemos hecho nada malo, señor Potter, como ya sabe -dijo Sacarhina, mirándose las uñas indolentemente-. Señor Ambrosius, al parecer ha asegurado usted el secreto del mundo mágico. Todo ha salido bien. Harry asintió con la cabeza. -Me alegro de que lo sientas a si, Brenda, aunque encuentro interesante que ya parezcas conocer el auténtico nombre del "Señor Hubert". Sin duda no habrá ninguna vínculo que pueda probarse y que te conecte con él, y con la desafortunada Madame Delacroix. ¿Qué hay de tu amigo de aquí, sin embargo? Toda la atención se dirigió al hombre sentado en la silla entre Sacarhina y Recreant. Era pequeño, rechoncho, con pelo negro y fino y un tic en la ceja izquierda. Se encogió ante la mirada de todos los ocupantes de la habitación. Ralph, que había sido el último en entrar, se abrió paso a empujones entre Merlin y el profesor Longbotton, con la frente surcada por el desconcierto. -¿Papá? -dijo, frunciendo el ceño-. ¿Qué estás haciendo tú aquí? El hombre hizo una mueca miserable y se cubrió la cara con las manos. Merlín miró a Ralph, con la cara larga y pedregosa taciturna. Colocó una mano en el hombro del chico. -Este hombre dice que su nombre es Dennis Deedle. Me temo que lo reconoces. -¿Qué está haciendo él aquí? -preguntó Neville. -Creo que su papel en esta debacle es bastante evidente -replicó la directora, suspirando-. Es el responsable de conducir al señor Prescott entre nosotros. -¿Qué? -dijo Ralph, sorteando a McGonagall-. ¿Por qué dice eso? ¡Es terrible! -Vino con el equipo del señor Prescott -dijo Harry tranquilamente-. Estaba intentando pasar inadvertido. Quizás le preocupara que le reconocieras, Ralph. Después, cuando todo acabara, ya no importaría, por supuesto. Pero de todas formas, las cosas no ocurrieron como él esperaba. -Esto es ridículo -insistió Ralph-. ¡Papá es un muggle! Firmó el contrato de confidencialidad muggle, ¿verdad? ¡Él no haría eso, incluso si hubiera podido! ¡No sé que está haciendo aquí, pero no es lo que todos piensan! Merlín todavía tenía su mano sobre el hombro de Ralph. Lo palmeó lentamente. -Tal vez entonces debería preguntárselo usted mismo, señor Deedle. Ralph levantó la mirada hacia el enorme mago, con la cara tensa de furia y trepidación. Miró al resto de la habitación, de cara en cara, terminando con su padre. -De acuerdo entonces. Papá, ¿por qué estás aquí? Dennis Deedle todavía tenía las manos sobre la cara. Durante varios segundos, no se movió. Finalmente, tomó un profundo aliento y se recostó hacia atrás, dejando caer las manos. Miró a Ralph durante largo rato, y después a todos los que componían la asamblea. -De acuerdo. Si -dijo, habiéndose recompuesto a sí mismo-, yo se lo conté a Prescott. Le envié la Rana de Chocolate y el GameDeck. Lo había utilizado para comunicarme con alguien en la escuela, alquien que utilizó el nombre de Austramaddux. Una vez hecho eso, sabía que Prescott podría localizar la escuela con su GPS. La cara de Ralph estaba congelada entre la incredulidad y la miseria. -¿Pero por qué, Papá? ¿Por qué has hecho algo así? -Oh, Ralph. Lo siento. Sé que esto te parece mal -dijo Dennis-. Pero todo es muy... muy complicado. El programa de Prescott, Desde Dentro, ofrece dinero por una prueba de lo sobrenatural. bueno, las cosas no nos han estado yendo muy bien, hijo. He estado buscando trabajo desde que me despidieron, pero ha sido duro. Necesitabamos el dinero. Creí que la rana de chocolate sería suficiente. ¡De verdad! Pero Prescott quería más. Sabía que tenía que mostrarle algo realmente asombroso así que... -se interrumpió, mirando nerviosamente alrededor otra vez. -Pero nunca vio el dinero -dijo Merlín con su voz baja y retumbante-. Y esa no era la cuestión principal, ¿verdad? Las cejas de Dennis trabajaban furiosamente cuando levantó la mirada hacia Merlín, aparentemente luchando con lo que debía decir. Junto a él, Sacarhina se aclaró la garganta significativamente. Dennis la miró fijamente, apartando los ojos de Merlín. -El dinero -dijo inseguro-, Prescott dijo que lo tendríamos cuando el programa se emitiera. Lo prometió. -Pero ahora no habrá programa -dijo Merlín tranquilamente. -¿Creíste que valdría la pena vender a todo el mundo mágico solo para ayudarnos a sobrevivir un tiempo, Papá? -dijo Ralph, su voz no era acusadora, sino verdaderamente inquisitiva. A James le rompió el corazón oír la desilusión en la voz del chico. -¡No, hijo! -respondió Dennis, pero después apartó la mirada-. No creí que amenazaría a todo el mundo mágico. Quiero decir, es sólo un estúpido programa de televisión. Además... -se detuvo, masticando las palabras, forcejeando consigo mismo. -¿Además qué? -preguntó Merlín calmadamente. Dennis volvió a mirar a Merlín, con la cara tensa, la ceja derecha saltando. -¿Además, que ha hecho el mundo mágico nunca por mí? -escupió, para después cubrirse la cara con las manos de nuevo. Tomó un profundo y tembloroso aliento-. Dejarme solo, eso es lo que hizo. Desplazado y abandonado, como una especie de... ¡una especie de mutante sin valor! ¡Despojado de mi nombre y mi familia, abandonado por mis propios padres porque no era como ellos! Se me prohibió incluso volver a contactar nunca con ellos o hablarles. Dijeron que sería adoptado en el mundo muggle, donde pertenecía. Dijeron que sería feliz allí. Supongo que quedó demostrado, ¿no? No querían que yo arruinara su reputación en el mundo mágico. Bueno, ¿por qué debería preocuparme yo por el secreto del mundo mágico en lo más mínimo? La cara de Ralph era una máscara de infeliz consternación. -¿De qué estás hablando, Papá? Tú no eres un mago. El abuelo y la abuela murieron antes de que yo naciera. Te sorprendiste tanto como yo cuando nos llegó la carta de Hogwarts. Dennis intentó sonreír a su hijo. -Casi había
olvidado mi propio pasado,
Ralph. Había pasado tanto tiempo, y había
intentado tan duramente
enterrarlo. Soy un squib, hijo. Tus abuelos y tu tío eran
brujas y
magos, pero yo no nací con sus poderes. Me criaron durante
tanto
tiempo como pudieron, pero odiaban mi naturaleza. Cuando tuve edad
suficiente y quedó claro de que no tenía ninguna
habilidad mágica,
no pudieron soportarlo. Me ocultaron del resto del mundo
mágico. Yo
era su asqueroso secretillo. Pero no podían ocultarme para
siempre.
Finalmente, cuando cumplí doce años, me enviaron
lejos. Fui a un
orfanato muggle, bajo la pretensión de que mis padres
habían muerto
en un accidente. Me hicieron jurar que nunca les mencionaría
y nunca
intentaría buscarles. Mi madre estaba... estaba triste.
Lloraba y me
ocultaba la cara. Pero mi padre fue duro. Ella no pudo convencerle.
Contrató a un conductor muggle que nos llevó al
orfanato. Madre se
quedó en el coche mientras mi padre me llevaba dentro.
Intentó
abrazarme, decirme adiós, pero Padre no la dejó.
Dijo que sería lo
mejor para ambos. Efectuó modificaciones de memoria a los
trabajadores del orfanato. Les hizo creer que me había
dejado allí
el Estado tras la muerte de mis padres. Me dieron una cama y un juego
de ropa, y entonces mi padre se fue. Nunca volví a verles. |
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